CON OTRO OFICIO, así es: hay detectives con otro oficio paralelo, porque la crisis económica los obliga a ello, o por simple gusto. Sin embargo, saben cumplir como agentes de la ley. Esto es lo que vemos en el argumento de la película Hollywood: Departamento de Homicidios (2003), dirigida por Ron Shelton.
Se dice que en Hollywood, cuando eres famoso y tienes una bala, llaman a la policía, y por aquí apunta la película. Así, desde el principio del filme, la cámara se regodea para mostrarnos con intensos colores todo aquello que se llame Hollywood en Hollywood (por eso, no pasan el club nocturno que queda ahí, a un costado de la Sabana).
Luego, el argumento entra al espacio caótico de la industria discográfica y de los conciertos en los salones hip-hop, esta vez con el asesinato de los miembros de un grupo de rap, lo que ocupa la atención en las primeras páginas de los diarios.
Esta historia trágica de raperos debe ser investigada por dos detectives tan distintos como el tequila y el vino dulce. Ellos son Joe Gavilán (Harrison Ford) y K. C. Calden (Josh Hartnett). El primero es un sesentón, investigador tenaz, pero ya cansado de su oficio. El segundo es un joven que sueña con ser actor, pero está en la policía por tradición familiar.
Además, cada uno tiene otro oficio. Joe es corredor de bienes raíces y anda vendiendo propiedades incluso en los momentos más intensos de su labor como detective: está lleno de deudas. Por su parte, Calden dedica tiempo a la instrucción de yoga, lo que le sirve de gancho para liarse con chicas guapas.
Como Calden quiere ser actor, en medio del ajetreo, balaceras y demás tensiones, él nunca pierde oportunidad para recordar o ensayar su papel principal en el montaje de la obra de teatro Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams.
Por supuesto que Joe Gavilán también tiene su chica: Ruby (la actriz Lena Olin), con quien vive sus escarceos y lances amorosos, con la ayuda oportuna de la pastilla celeste que muchos conocen: sildenafil de 50 mg. (¡claro!, mejor conocida como viagra).
Lo que uno sigue sin entender con este cine de Hollywood es cómo cada vez que una pareja hace el amor, luego de una dormidita, la mujer está casi siempre desnuda y, en cambio, el hombre se levanta con calzoncillos bien puestos, se pone su ropa y se marcha (casi siempre lo llaman por teléfono), sin bañarse, sin siquiera lavarse los dientes ni las manos.
En todo caso, las actuaciones son buenas (eso sí: se notan los dobles de Ford en las escenas de acción y de peleas), la película es morosa al inicio (le falta ritmo) y un poco confusa, pero luego se llena de acción y agarra fuerza, siempre con puntadas que hacen reír y con secuencias rescatables. Se la juega.