Los padres de Bertrand Russell murieron jóvenes, de modo que lo criaron sus abuelos, en una de esas casas de campo inglesas tan democráticas que están al alcance de todos los lores. Parecen gigantes, pero en realidad todo está a mano; por ejemplo, en los días de lluvia, se mete el campo de golf en la cochera.
Como en vida nunca padeció la electrizante experiencia del trabajo, el tatarabuelo Sir Mortimer labora de fantasma ante los turistas.
A su vez, el mayordomo es el asesino, no por ansias criminales, sino porque todos esperamos eso de un mayordomo de una casa de campo, y no está bien frustrar a quienes, de Inglaterra, solo conocemos las novelas de Agatha Christie.
Bertrand recibió una esmerada educación a domicilio, pero creció, se dedicó a la filosofía y publicó muchos libros, lo que prueba que la educación no es garantía de nada.
Como fuere, la abuela de Lord Russell tenía cierto sentido común que la habría llevado precisamente a la Cámara de los Comunes si ella no hubiese sido tan victoriana, tan antepasada. Si hubiera sido verbo, habría sido el pretérito anterior.
El sentido común de la abuela le hacía exclamar: “¡Bertie, me han dicho que has publicado otro libro!”; y es que, para ella, todo debía ser más normal: la mujer estaba para casarse, y el hombre, para ser su partido conservador.
Pese a todo, Bertie Russell fue el típico matemático filósofo positivista lógico que es nieto desobediente. Publicó fructuosos libros y solió emitir ironías muy celebradas, como esta: “Los más ilustrados de entre los griegos sostenían que la esclavitud era justificable siempre que los amos fueran griegos y los esclavos fuesen bárbaros, pero creían que el caso opuesto era contrario a la naturaleza”.
Desgraciadamente, Lord Russell tuvo razón: “los más ilustrados griegos” fomentaron la esclavitud, y esto se traduce en un dúo nefasto: Platón y Aristóteles.
Nadie sabe aún por qué, en su amena Historia de la filosofía occidental, Sir Bertrand dedicó seis capítulos a las ocurrencias de Platón, incluido un estudio del régimen protofascista que el “discípulo” de Sócrates diseñó en La república .
Platón tomó de modelo a Esparta, donde los esclavos eran tratados como verdaderos subhombres (si nos actualizamos un poco y empleamos la jerga nazi). Una vez al año, los nobles de Esparta iban de cacería de esclavos: de criptia . El deporte consistía en probar quién asesinaba más personas, según narra Plutarco ( Licurgo , XXVIII).
A su vez, con mucho de humor tétrico, Aristóteles enseñó que entre el amo y el esclavo debe existir “interés común y amistad recíproca” ( Política , cap. VI).
“¿Y qué? Así se pensaba antes”, se replicará; pero, entonces, ¿por qué hubo abolicionistas? “Siempre será uno de los mayores triunfos de la democracia ateniense el haber llegado casi a abolir la esclavitud, pese a la inhumana propaganda de Platón y Aristóteles”, sentencia Sir Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos (cap. IV).
La otra historia, la que jamás nos cuentan, apenas cita los nombres de los enemigos de la esclavitud y de la desigualdad: Antifonte, Hipias, Alcidamas, Licofrón, Jenófanes, Antístenes y Espeucipo, entre otros precursores.
Algunos próceres son más conocidos, como Eurípides y Heródoto; y debemos sumar a los valientes sofistas, difamados hasta hoy y odiados por las aristocracias griegas pues enseñaban la excelencia cívica ( areté ) a los plebeyos (Jesús Mosterín: La Hélade , cap. XI).
“La naturaleza no hizo a nadie esclavo”, enseña aún el sofista Alcidamas, a las vueltas del tiempo.