El crimen nuestro de cada día Danza Universitaria Coreógrafo: Gustavo Hernández Bailan: David Calderón, Jorge García, Hazel González, Minor Gutiérrez, Elián López, Verónica Monestel, Carolina Valenzuela y Mariana Fuentes (invitada) Lugar: Teatro Montes de Oca, 8 p. m. Fecha: Sábado 16 de agosto de 2003.
Después de su primera obra El jardín de las delicias (2001), Gustavo Hernández regresó con El crimen nuestro de cada día . Con esta creación la compañía Danza Universitaria inició la temporada de estreno de 2003.
Este joven coreógrafo vuelve a lanzar una puesta en escena crítica, esta vez, señalando la violencia que se genera en los espacios íntimos de la sociedad. El núcleo que Hernández escogió para esta representación fue la familia, lugar donde todo se aprende. El mensaje principal de esta obra se puede resumir en una frase: si se educa con violencia se genera violencia.
Las relaciones que se mostraron en la coreografía fueron el irrespeto a los demás, la imposición del poder, la intolerancia y la manipulación. En un ambiente enfermo y oscuro sucede El crimen nuestro de cada día .
Durante más de una hora, un octeto de bailarines asumió el papel de ser una familia, en la cual las convenciones sociales jamás respetaron al individuo. La religión apareció como instrumento para amedrentar. La hipocresía y el deseo de dominar fueron el lei motiv . Las familias incompletas y sin amor son las responsables de la violencia que se vivió en el escenario durante la obra.
Estos núcleos fueron marco perfecto para propiciar los asesinatos que a diario se ven, y, lo peor de todo, que se miran sin sobresalto. Hernández recurrió al relato al estilo moderno y llamó la atención sobre la desintegración de la familia. La institución que ha sido criticada por el posmodernismo, especialmente, cuando exalta el individualismo.
Los recursos corporales que utilizó Hernández para El crimen nuestro de cada día fueron movimientos violentos mezclados con poses gimnásticas y resoluciones del full contact (especie de estímulo y respuesta corporal con variaciones riesgosas).
Una serie de movimientos fue repetida por los intérpretes a lo largo de toda la obra, como una constante que se fue desdibujando hacia el final. Además, usó expresiones en tono burlesco y caricaturesco para distanciar al espectador. Como elementos complementarios al movimiento, en la música creada por Dj Brealey predominaron las notas disonantes.
En El crimen nuestro de cada día no hubo espacio para sonoridades agradables o momentos de relajación, solo hubo ruidos que en algunos instantes se transformaban en ondas disonantes.
Del mismo modo, las luces que diseñó Miguel Gutiérrez se mantuvieron en claroscuros con algunos violentos contrastes.
El aspecto visual de El crimen nuestro de cada día fue responsabilidad de Natalie Guillermard y SOMA Producciones que le dio a la obra una dosis de tensión.
Esta tensión radicó en la yuxtaposición del vestuario que tenía un aire posmoderno y la escenografía, (llena de muebles viejos) que ubicaba al espectador en los años 60, dejando ver que en cualquier época las personas pueden generar violencia.
Por su parte, el maquillaje jugó un papel importante, ya que se mantuvo en el mismo tono; acentuando los rostros demacrados y deformados de los personajes.
Los ocho integrantes de la obra se mantuvieron intensos en sus caracterizaciones, lo que denotó una adecuada dirección; sin embargo, en algunos momentos no lograron el unísono a plenitud. El crimen nuestro de cada día es un trabajo denso en su exposición cuyo tema adquiere relevancia en nuestros días.