DOS MUJERES ESTÁN en coma, comparten las cercanías de las habitaciones de un mismo hospital y también se nutren del amor de los hombres que las acompañan, uno a cada una, en conmovedora pasión sentimental.
Con esa trama, se va forjando un relato donde el director español Pedro Almodóvar le da un rostro específico, melodramático, a su última película, la número 14: Hable con ella (2002).
Sin concesiones al sentimentalismo, con una fuerza que siempre va por dentro de los personajes y con un lirismo que se desprende de sus actitudes, el espectador va descubriendo -poco a poco- la belleza y la importancia de los sentimientos que emocionan, que en este caso son los de los hombres (las mujeres están en silencio).
Con esa artimaña, Almodóvar rompe con el universo femenino que ha sido constante temática en casi toda su filmografía, sin renunciar a la hondura de la sensibilidad, tal y como se ha visto en filmes recientes suyos como La flor de mi secreto (1995) y Todo sobre mi madre (1999).
De esa manera, vemos cómo Marco (el actor argentino Darío Grandinetti) y Benigno (excelente actuación de Javier Cámara) enriquecen su amistad y su solidaridad durante el tiempo (suspendido e ingrato) en que ambos protegen a sus mujeres.
Marco cuida de Lydia (Rosario Flores), su novia, mujer torera invalidada por un toro en una tarde de un pasodoble desafinado; y Benigno, enfermero, exprime todo su amor al cuido de Alicia (Leonor Watling), joven bailarina atropellada por un coche.
Solo que el relato es más que eso: los acontecimientos y los personajes van y vienen, se aglutinan, mientras la película se llena de giros dramáticos y de explosivas evocaciones sentimentales. Así, desde el inicio y cierre con las coreografías de la alemana Pina Bausch, con el canto nutricio del brasileño Caetano Veloso y con un cortometraje (cine en el cine) interpretado por Paz Vega y Fele Martínez.
Ese cortometraje, titulado El amante menguante, funciona como una parábola del clímax de la película, con un hombre que se empequeñece tanto que puede refugiarse en la vagina de su amante.
No hay ninguna duda en el juego planteado por Almodóvar: alcanzar la máxima emocionalidad, donde los sentimientos que se expresan más abiertamente son los de los hombres: amistad, amor, generosidad, soledad e incomprensión de los demás.
Desde su emoción interior, con una estupenda planificación, con una narración armoniosa, con una fotografía estupenda de Javier Aguirresarobe y con las seductoras actuaciones, estamos ante un cine de alta categoría y de convicción humana.