
Trincheras de quienes son buscados por la ley, guaridas de narcotraficantes de baja monta y dormitorios de personas drogodependientes y en estado de indigencia: eso son las cuarterías del centro de San José.
Un equipo de Proa acompañó, el pasado 8 de setiembre, a efectivos de la Policía Municipal de San José y del Organismo de Investigación Judicial en un operativo por las principales cuarterías y pensiones del casco central capitalino.
Su misión fue detectar y capturar a todos aquellos inquilinos relacionados con actos delictivos. Usaron la estrategia de entrar sorpresivamente a los locales, exigiendo identificaciones, requisando a los sospechosos y hurgando en cada habitación.
Droga oculta bajo “pisos falsos”, cartuchos de distintos calibres y personas con orden de captura, fueron parte de los hallazgos.
Marcelo Solano, director de la Policía Municipal de San José, explicó que en el cuadrante central, hay alrededor de 100 cuarterías o “pensiones de mala muerte” que son nidos del hampa, las cuales en total pueden dar refugio a unas 1.500 personas cada noche.
El cuadrante central limita al sur con la avenida 24 (donde empieza barrio Cristo Rey), al norte con la avenida 11 (al borde de Barrio México), al este con calle 33 (Los Yoses) y al oeste con calle 42 (La Sabana).
Solano destacó la diferencia de este tipo de cuarterías –las cuales considera “una verguenza nacional”– con las que hay en otros distritos o barrios, como Pavas o Barrio Cuba. En estas, el factor común es la pobreza extrema y las habitan familias.
¡Abra, es la policía!
En el operativo también se inspeccionaron hoteles y pensiones que funcionan como cuarterías. Entre ellas el hotel España, ubicada en calle 8.
La orden policial de que todos los huéspedes debían presentarse en el lobby fue como lanzar una piedra en un hormiguero. La mayoría de inquilinos parecían estar alcoholizados o bajo los efectos de alguna droga ilegal. Se encontraron utensilios para el consumo de crack , por ejemplo.
Casi todos los arrendatarios andaban solos, aunque había una que otra pareja. El hotel tiene al menos 30 cuartos y el costo por noche es de ¢3.000. Las camas son catres, y los piojos y pulgas andan por todo lado. Tan inexistentes son las condiciones de higiene, que hay en la atmósfera un vaho que marea y provoca náusea.
En varios casos, los agentes –pistola en mano, por si acaso– debieron vociferar y agarrar puertas a golpes para que los huéspedes salieran.
Al lado, en la pensión Palace, el ambiente no fue distinto. Entre todos figuró una joven que se identificó como dama de compañía. Su cédula decía que tenía 19 años, aunque parecía de 14.
La habitación allí tiene un costo de ¢4.000 y hay 14 cuartos en total. Sin embargo, el número de baños es mínimo: solo dos para todos los ocupantes.
Quienes acuden a estas cuarterías, en su mayoría lo hacen para pasar unas cuantas noches, aunque hay algunos que las convierten en su residencia.