“De gente bien nacida es agradecer los bienes que recibe”, dice don Quijote. La Academia Costarricense de la Lengua esperó durante 48 años el cumplimiento de una ley, la número 3191 del 17 de setiembre de 1963, la cual ratifica el Convenio Multilateral sobre la Asociación de Academias de la Lengua Española.
Este convenio, firmado en Bogotá en el año 1960 por todos los países hispanohablantes, señala en su artículo segundo que “cada uno de los Gobiernos signatarios se compromete a prestar apoyo moral y económico a su respectiva Academia Nacional de la Lengua Española, o sea a proporcionarle una sede digna y una suma anual adecuada para su funcionamiento”.
A partir de ese momento, todos los países firmantes le fueron asignando a su academia un edificio o un lugar apropiado, por lo general con cierto prestigio histórico. Hasta que llegó un momento en que, ante la sorpresa de quienes consideran a Costa Rica una nación culta, era nuestro país el único que no había cumplido con el compromiso adquirido. Solamente la Academia Costarricense de la Lengua no tenía sede.
En el año 2002 don Víctor García de la Concha, entonces director de la Real Academia Española, visitó nuestro país para manifestarle su inquietud al mandatario Miguel Ángel Rodríguez. Fue atendido por doña Ástrid Fischel, quien sugirió como una posible opción el edificio del antiguo Banco Anglo Costarricense. Durante el gobierno de don Abel Pacheco continuaron las gestiones, y fue durante ese período cuando don Guido Sáenz, como ministro de Cultura, y doña Amalia Chaverri, como viceministra, redactaron el decreto n.° 31303 de marzo de 2003, en el que se asigna como sede de la Academia Costarricense de la Lengua el primer piso del edificio del antiguo Banco Anglo Costarricense.
Pero el dinero destinado para la restauración no era suficiente. En el siguiente Gobierno ese edificio se nos presentó como un imposible. Se requerían cerca de ¢300 millones para restaurarlo y no existía el contenido económico. No obstante, sin saber cómo, el edificio fue restaurado, pero ya no se tomó en cuenta a la Academia Costarricense de la Lengua. Se nos ofreció como una posibilidad el edificio de la Estación del Ferrocarril al Atlántico, pero, por circunstancias diversas, tampoco este proyecto prosperó.
Frustraciones. He de decir que, no obstante haber mediado en estas gestiones ministros, presidentes, embajadores y reyes, la historia de una sede para la Academia seguía siendo una historia de frustraciones, falsas expectativas y promesas incumplidas.
No fue sino al inicio de este Gobierno cuando percibimos una voluntad política y una seria disposición de dar cumplimiento a la ley promulgada en 1963 y al decreto del año 2003. Una presidenta, un ministro y un viceministro de Cultura han tenido plena conciencia de la significación de la Academia de la Lengua en el seno de una comunidad.
Son las academias guardianas del más preciado patrimonio que posee cada grupo humano, el que lo identifica frente a los demás: su lengua. Esta no es solo una herramienta para la comunicación, sino el reflejo del modo existencial de una comunidad.
Cuando le enseñamos a hablar a un niño, no le estamos comunicando únicamente sonidos o dándole la posibilidad de relacionarse con el mundo, sino que le estamos transmitiendo los conocimientos, las creencias, los valores y los ideales de la comunidad a que pertenece y, más aún, la forma en que el grupo ha percibido, interpretado y concebido el mundo. Toda la historia del grupo hablante va quedando plasmada en su variedad linguística. Por eso se ha llamado a la lengua “biografía de las naciones”, “espejo de la civilización”, “depósito de la cultura”.
En esa significación y en esa relevancia que tiene la lengua en la vida de los seres humanos se origina la necesidad de entes rectores cuya misión es resguardarla, mantener su unidad y dictar los códigos normativos que la rigen. Estos códigos, que plasman el ideal de las academias, son: el Diccionario, la Gramática, la Ortografía, el Diccionario panhispánico de dudas, el Diccionario de americanismos. Obras estas que no solamente han contribuido a la unidad del idioma, sino que, como ha dicho el rey de España, constituyen algo de lo más importante que se ha hecho en los últimos años al servicio de la unidad de los países iberoamericanos.
Gracias, doña Laura, gracias y felicitaciones, pues ha honrado usted el sagrado juramento constitucional de cumplir y respetar la Constitución y las leyes.