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Golpes de timón

La historia del piano en Costa Rica será una antes y otra después de Skliutovsky

La historia, como la música, tiene sus cambios de tempo. A veces evoluciona lenta, casi insensiblemente, y de pronto avanza a través de espectaculares sacudidas, de procesos revolucionarios que cambian para siempre su fisonomía. Varios han sido esos puntos de flexión, esas rupturas, los hitos que han marcado de manera indeleble el desarrollo musical de nuestro país. Eras paridas no sin dolor y sacrificio, pero invariablemente puestas en marcha por hombres preclaros, por personas capaces de lanzar la jabalina hacia los vastos espacios del porvenir sin temores, sin aldeanismos, sin complejos.

A Juan Rafael Mora le debemos la primera compra masiva de instrumentos en la historia del país. Corrían los años de 1853 y 1854. Por cierto que de esa época data la llegada del primer piano, instalado en Cartago, donde permaneció hasta hace no mucho tiempo. Con la compra masiva de instrumentos vinieron las bandas sinfónicas. Después, la Orquesta Sinfónica Nacional, cuyo septuagésimo aniversario venimos de celebrar. Luego, golpe de timón con la transformación de la orquesta, obra del entusiasmo del visionario José Figueres, de la convicción de Guido Sáenz, y de una figura que la historia está injustamente olvidando: el maestro Gerald Brown. Un trípode. Sin uno de los pies, el proyecto hubiese sido impracticable. Lo importante es cobrar conciencia de que las cosas no salen de la nada, que hay un arquitecto de la cultura detrás de ellas, que el proceso fue difícil y, a veces, doloroso.

Renovación pianística. Pero ahora llegamos al hito musical que con mayor énfasis quería subrayar: la revolución pianística operada por Alexander Skliutovsky. Cuando el maestro llegó a Costa Rica, con una mano adelante y otra atrás, fue a ofrecer sus servicios al director de una de las escuelas musicales del país. ¿Qué respuesta recibió? “Mire: ¿por qué no va a ponerse un restaurantito de comida rusa? Viera que se vende ese tipo de comida aquí”. Voy a guardarme el nombre del señor y de la institución para no sonrojarlos... aunque... No, mejor, no lo hagamos. Amparémonos a un discreto silencio.

La música no es un arte: es una suma de artes: presencia escénica, sentido innato del ritmo, producción de sonido ( toucher ), observación del estilo, facultad de transmisión, creatividad, espontaneidad, simbiosis con el piano... quiten uno solo de estos ingredientes, y la imagen del pianista queda irremisiblemente lesionada. Y esto es lo que –iba a decir “sorprende”, pero es que, en realidad, deja “pasmado”–: la presencia y amalgama de todas estas facultades en jóvenes a veces jovencísimos, no más que adolescentes, niños. Lo señaló Gyorgy Sándor, en la clase maestra que les ofreció en 1901.

Una cosa es segura: la historia del piano será una antes y otra después de Skliutovsky. Es imperativo que el país comprenda lo que este ruso obsesivo y un poco loco está haciendo por el piano en Costa Rica. El piano se convierte, además, en un paradigma: si nuestros jóvenes futbolistas, por ejemplo, tuviesen un Skliutovsky. Tiene su secreto, este ruso, uno o varios: respeto por la individualidad expresiva del alumno, ¡y ahora sí!: disciplina, pasión, casi ferocidad.

Skliutovsky no es una contingencia afortunada, un accidente, una escuela de música: Skliutovsky es una era. Yo los felicito, y me felicito a mí mismo por haber pertenecido a ella.

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