Palo Alto, California. (EE.UU.). La experiencia pule, da confianza y al cabo del tiempo le revela a uno pequeños secretos dorados. Eso es lo que me ha sucedido en esta eliminatoria, en la que considero que me ha ido muy bien.

Siempre me preparo para enfrentar los partidos más complicados y lo hago con todo el profesionalismo que mi función requiere.
En Puerto España, por ejemplo, ante Trinidad y Tobago hice un buen juego, y así me sucedió contra Guatemala y Estados Unidos, gracias al esfuerzo y al empeño de cada día.
El buen momento por el que paso me lo dan los años en el futbol; es decir, mi experiencia. Ella brinda mayor serenidad y confianza. Claro, desde luego, que no es suficiente, siempre hay que prepararse de la mejor manera.
Hoy que las cosas son distintas, estimo que el tiempo me dio la razón, con respecto al capítulo de Italia 90. En aquella oportunidad defendí mi rendimiento ante Checoslovaquia, aunque muchos cometieron una injustica al cargarme la derrota.
He visto el vídeo de ese partido -ante los entonces checoslovacos- y, una y otra vez llego a la conclusión de que no caímos por mi actuación. Lo que sucede es que en ese momento la gente pensó que íbamos a ser campeones del mundo.
Hoy que tengo la opción de jugar en la Tricolor, también recuerdo el día en que me despidieron, sin justificación alguna, del Herediano. Con el paso del tiempo veo que en el equipo rojiamarillo, como decimos nosotros, me serrucharon el piso.
Este año termino con Cartago, donde la afición y los compañeros me han tratado bien. Gracias a la buena temporada que hice en el torneo anterior y parte de la que llevamos ahora, estoy en la Selección.
Imprescindible
Para un portero la ubicación es como el aire para la vida. Ella ha sido clave en mis acertadas intervenciones contra Trinidad y Tobago, Guatemala y Estados Unidos.
He contado, y lo digo sin afanes de orgullo, con una muy buena ubicación y esta se logra solo después de andar mucho rato en el futbol. Después de un buen número de encuentros, nacionales e internacionales, que dan roce y seguridad.
Se dice que un portero alcanza su mayor madurez a partir de los 30 años y yo considero que ello es una gran verdad. Uno tiene, a esa edad, más seguridad; sin embargo, hay que recordar que los entrenamientos y el empeño de cada día en el campo son de vital importancia para poder disfrutar de lo aprendido; de lo contrario, todo se esfuma, sin que uno se percate.
Ahora, tampoco quiero decir que después de los 30 años un arquero es infalible; no, de ninguna manera, porque hay encuentros en los que uno, por más que haga, yerra.
La confianza que uno adquiere a los 32 años, como es mi caso, se forja desde muy atrás. Me acuerdo cuando jugaba en Puntarenas, en la escuela Antonio Gómez y en el Gavilán, cuando todavía pertenecía a esa categoría que llaman mosco.
Antes de ser portero fui líbero, y digo líbero ahora, porque en esa época, allá en mis escolares años, no tenía la más remota idea de cómo se llamaba el puesto en el que jugaba; pero, la verdad, siempre quise ser portero y un día que el titular de la escuela se descuidó, me jalé un partidazo y aquí estoy.
Volviendo a mi trabajo en la eliminatoria de Francia 98, a mi modo de ver las cosas, la tarde más feliz la viví en Los Angeles, cuando por desgracia perdimos, por un penal, 1 a 0 ante los chapines.
Sabía que ese iba a ser un partido difícil y complicado, pero como les decía hace un rato, cada vez que salgo a la cancha, pienso que me toparé con el juego en el que más me van a exigir.
Bueno, ese día gocé de un atributo que debe poseer todo portero, y me refiero a la concentración. Ella lo faculta a uno para tener un mayor nivel y para seguir cada detalle del juego. El arquero debe observar, casi al mismo tiempo, a sus compañeros, al rival y su propia ubicación.
A diario busco superarme como arquero, una función que realizo con orgullo y sueños juveniles, pero que sé que es ingrata porque un error lo borra todo.
(*) Producción de José Eduardo Mora, enviado de La Nación.