La comunidad internacional no puede permanecer impasible ante la más reciente y despiadada agresión de la aberrante dictadura que controla Corea del Norte. Por esto, y como mínimo, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas debe respaldar la iniciativa de Corea del Sur para responder, en los términos más enérgicos posibles, al hundimiento de una fragata de este país el pasado 26 de marzo, luego de que un torpedo lanzado por barcos norcoreanos impactara la nave, con un saldo de 46 marineros fallecidos.
Desde que el hecho se produjo, surgieron fundadas sospechas sobre las causas y responsables de la explosión que generó la tragedia. De inmediato se creó una comisión internacional para investigar el caso, con expertos del más alto nivel y prestigio, que el pasado jueves 20 produjo su informe, el cual no admite duda alguna: se trató de un ataque con torpedo; es decir, un acto militar deliberado.
De este modo, el régimen de Kim Yong-il, además de vulnerar las más elementales normas de convivencia internacional, ha desatado una nueva crisis de seguridad en la península, cuyas consecuencias generan gran incertidumbre. No sabemos cuáles serán sus intenciones finales. Sin embargo, en su historial de conducta son frecuentes los desafíos, agresiones y desplantes, incluso de índole nuclear, como forma de crear situaciones extremas, chantajear al mundo y obtener, como pago por moderar su conducta, alguna concesión a favor de su dictadura y colapsada economía.
Ese peligroso juego no puede tolerarse más. Por supuesto que ni Estados Unidos, el gran aliado de los surcoreanos, ni China, el único país que aún respalda al norte, tienen interés en que la crisis escale; tampoco Corea del Sur, una nación cada vez más próspera, democrática, pacífica y respetada en el mundo. Pero ante un ataque de tan serias características, es necesario responder con severidad y hacer pagar las consecuencias al dictador y su camarilla.
Por lo pronto, los estadounidenses, como corresponde, han anunciado un pleno respaldo a la integridad y soberanía de su aliado. Surcorea, de manera preventiva, ha desplegado tropas a lo largo de la frontera, ha activado sus defensas navales, y decidió suspender los intercambios comerciales con su vecino, aunque mantuvo la ayuda humanitaria a los niños. El norte, lejos de buscar una salida, ha respondido con sanciones aún más drásticas: el corte de “todos los contactos”, y la expulsión de su territorio de todos los surcoreanos que, hasta ahora, trabajaban en empresas de su país establecidas en una zona económica especial en Norcorea.
Tal como expresó ayer la secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton, durante una visita a Seúl, capital surcoreana, se impone una “fuerte, aunque medida, respuesta” de la comunidad internacional, para lo cual es clave que China, hasta ahora inconfesable aliado de facto de la dictadura de Kim Yong-il, se sume a los esfuerzos que se pondrán en marcha en el Consejo de Seguridad para coordinar la reacción.
Sin duda, como dijo el viceministro chino de Relaciones Exteriores, Zhang Zhijun, “el diálogo es mejor que la confrontación”. Pero cuando el diálogo se convierte, simplemente, en uno de los instrumentos de manipulación y chantaje por parte de una de las más oscuras y agresivas dictaduras del mundo, las sanciones son inevitables. Si no, simplemente se crearán condiciones para que el próximo acto de agresión sea aún más grave.
Por esto, ha llegado el momento de que quede atrás ese tipo de actitudes de cómplice tolerancia, basadas en intereses miopes de corto plazo, y se articule, alrededor del Consejo de Seguridad, una respuesta a la altura del desafío. Y esto debe ocurrir lo antes posible. Porque mientras más tiempo pase sin una adecuada reacción, más riesgos habrá de que el conflicto se desborde hacia el campo militar.