24 diciembre, 1996
Francisco Sagasti labora desde hace cuatro años en Lima, Perú, como consultor internacional. Su esposa, Silvia Charpantier, y su hija Amanda, lo recibieron ayer en el aeropuerto Juan Santamaría.
Francisco Sagasti labora desde hace cuatro años en Lima, Perú, como consultor internacional. Su esposa, Silvia Charpantier, y su hija Amanda, lo recibieron ayer en el aeropuerto Juan Santamaría.

En un esfuerzo por no pensar en la muerte o en cuánto extrañaba a su familia, Francisco Sagasti superó dos días de cautiverio preocupándose porque las raciones de comida alcanzaran para todos y por organizar el uso de dos baños entre 150 personas.

Miembro del grupo Agenda Perú, este consultor internacional de 52 años de edad fue uno de casi 500 rehenes tomados en cautiverio desde la noche del martes pasado por miembros del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), quienes irrumpieron en la casa del embajador japonés en Lima, Morihisa Aoki, durante la recepción que daba con motivo del cumpleaños del emperador Akihíto.

"Cuando escuché el primer bombazo pensé que era una broma de mal gusto, pero cuando vi a la gente corriendo y a alguien cayéndose... supe que era otra cosa. La primera sensación era que se trataba de efectivos de las Fuerzas Armadas que nos estaban protegiendo de un coche bomba y solo un minuto y medio después, cuando levanté la cabeza, veo a un señor del MRTA con una metralleta diciendo que bajáramos la cara", relató Sagasti a la 1:30 p.m. de ayer, poco después de haber arribado al aeropuerto Juan Santamaría procedente de Perú.

Allí fue recibido por su esposa, la economista Silvia Charpantier, y su hija Amanda, de año y seis meses, quien abrazaba cálidamente a su papá. También acudió a saludarlo su suegra, la periodista Lidiette Brenes.

Del primer piso

A los gases lacrimógenos que anunciaron el peligro, prosiguieron siete horas de identificación y organización de los secuestrados. Primero llamaron a los diplomáticos, miembros de las Fuerzas Armadas, jefes del Gobierno, congresistas y funcionarios públicos y los llevaron al segundo piso.

"Esos eran los rehenes más valiosos. Abajo quedamos los de abajo, en sentido quizá positivo en esta oportunidad", expresó Sagasti.

Fue su chofer particular quien dio la noticia a una hija adoptiva de Sagasti y esta la transmitió a su esposa, quien se hallaba en Costa Rica. Al principio la situación era incierta --explicó Silvia-- y fueron las imágenes de televisión las que le permitieron evaluarla.

Entre las experiencias que Francisco Sagasti recordará siempre fue la llegada del pan, jamón y queso, que la Cruz Roja les envió el segundo día.

"Yo tenía al exministro de Trabajo, al exministro de Industria y al gerente de uno de los hoteles de cinco estrellas haciendo una fila para prepararnos un sándwich que comimos y compartimos. Nunca he comido un sándwich preparado por gente de tan alto nivel", comentó con sonrisas, sin dejar de alabar el espíritu de solidaridad que le ayudó a soportar la situación.