
La Asamblea Legislativa de Costa Rica tiene la potestad de declarar a una persona Benemérito de las Ciencias, de las Artes o de las Letras Patrias. Es interesante que, teniendo esa posibilidad, los diputados optaran por otorgar al artista, educador y escritor Francisco Amighetti la distinción, de alcance más general, de Benemérito de la Patria.
Eso nos sugiere que, más alládel artista, se optó por distinguir al hombre, al ciudadano Francisco Amighetti. ¿Por qué?
Si uno repasa la lista de las personas que en el pasado han sido objeto de esa, la máxima distinción que ofrece el país a sus ciudadanos, se da cuenta de que la mayoría han sido líderes políticos, a veces religiosos, o, en todo caso, personas que impulsaron grandes cambios institucionales o jurídicos en el país.
Ese no es el caso de Amighetti, que fue lo contrario de un político: un hombre más bien tímido, que ejerció la cátedra pero nunca la tribuna, y que dedicó su vida a dar clases en la Escuela Normal y en la Universidad de Costa Rica, y a pintar, grabar y escribir en la intimidad de su taller en La Paulina.
¿Será que alguien con ese perfil puede ejercer una influencia social y cultural conmensurable con las de otros beneméritos? La Asamblea Legislativa lo consideró así en virtud de “su impresionante legado en el campo artístico y académico, además de su gran ejemplo de esfuerzo, empeño y dedicación”, según consta en el proyecto presentado por la señora diputada Grettel Ortiz.
Me tomo la libertad de ofrecer una explicación adicional, una “razón poética” si se quiere.
Almotásim. En su relato “El acercamiento a Almotásim”, Jorge Luis Borges cuenta cómo un estudiante, fugitivo de la justicia, por razones políticas, en la India de inicios del siglo XX, se asombra de hallar, en el bajo mundo, rasgos ocasionales de nobleza, de bondad, incluso en los más viles personajes.
El estudiante concluye que esos rasgos deben venir de otra persona, y decide seguir esas señales hasta encontrarla. Esa persona es Almotásim, que solo es visible en el cuento a través de las huellas de nobleza y altruismo que ha dejado en los demás.
Tal vez esa fue la forma en la que Francisco Amighetti influyóen todos nosotros. Quienes lo hayan conocido personalmente –desde sus alumnos hasta los frecuentes visitantes a su casa– podrían respaldar esta tesis.
Yo recuerdo haber ido a visitar al maestro con un empresario que quería comprarle un cuadro. Pasamos un buen rato conversando con él. Cuando veníamos de regreso, después de un largo silencio, el empresario me dijo que su vida nunca sería la misma después de esa tarde. Tal era el influjo que podía tener un contacto, aun somero y efímero, con la nobleza y la sabiduría del maestro.
El autor rumano Stefan Baciu escribióun poema sobre Amighetti y le puso como título la proverbial dirección de su casa y taller: “50 varas al norte de la Mejoral”.
La puerta de esa casa –de la planta alta, donde vivía y trabajaba don Paco– se abría diariamente para recibir a los más variados visitantes porque la hospitalidad era una de las características de Amighetti. Como escribió Joaquín Gutiérrez, era “generoso con todos, dándose a todos': un venerable, venerado, amable y amado gran artista”.
Transmutar todo en belleza. ¿De dónde venían la magia, la seducción, ese influjo benéfico que Amighetti ejercía sobre quienes se le acercaban? Ciertamente no de una vida de privilegios.
Francisco Amighetti sufrió mucho porque también amó mucho. Como lo testimonian sus poemas y sus libros autobiográficos, tuvo una vida difícil, y más difícil aun que la que retratan esas páginas.
Sin embargo, don Paco tenía una capacidad especial para transmutarlo todo en belleza. Amighetti vivía la vida estéticamente. Esa es una cualidad muy particular.
Bastaba escucharlo referirse a cualquier tema cotidiano, a cualquier persona conocida, a cualquier hecho histórico, para captar dos cosas: que veía siempre el lado bueno de las cosas –bueno por noble, por original o por gracioso–, y que de modo natural tendía a representarlo en forma bella. Era así incluso ante lo triste y aun lo trágico, donde veía expresiones de la fuerza espiritual del hombre.
Como artista de su país y de su época, Amighetti fue una excepción. Los pintores de su generación –Teodorico Quirós, Fausto Pacheco, Luisa de Sáenz– fueron ante todo paisajistas.
Por el contrario, Amighetti hizo de la gente su tema predilecto. Ciertamente pintó también paisajes, pero la gente con sus sueños, sus costumbres y pasiones es la que puebla la gran mayoría de sus pinturas y grabados.
Toda la gama de la experiencia humana era para él materia artística: la ensoñación de un niño que mira a las nubes, o de una niña ante el soplo del viento; el reposo de un pescador cansado, la procesión del pueblo, la charla, el juego, la lujuria.
El valor universal de sus grabados fue reconocido en Francia, en Alemania, en Japón. Hoy, en Costa Rica, reconocemos la extraordinaria estatura espiritual del hombre que fue Francisco Amighetti Ruiz.