
La película Bórat (2006), dirigida por Larry Charles, está hecha a imagen y semejanza del cómico británico Sacha Baron Cohen, que interpreta a Bórat, y esto anima por igual a la crítica y al público común: feliz coincidencia.
Sin embargo, hoy acudo a escribir en primera persona para disentir del público que ríe ante lo que mira en este filme cómico Bórat (película y personaje).
Aún más, para discrepar de los críticos que han dicho, por ejemplo, que este filme es “bomba subversiva”, “producto crítico demoledor”, “deliberado acto de humor feísta”, “cine gloriosamente divertido” y demás especies.
Por mi parte, solo miré un largometraje que recurrió al tecnicismo tramposo y fácil del pseudo-documental, “falso documental”, para grabar el viaje del reportero Bórat de Kazajistán a Estados Unidos, donde captura “el sueño americano” para llevarlo a su lugar natal.
El primer problema es que el filme, con mentalidad colonizadora de metrópoli, recrea a Kazajistán como comunidad estúpida entre gente igualmente mentecata.
Lo hace con el criterio bajapisos de no hace mucho, cuando la gente de ciudad juzgaba la conducta de los campesinos.
Según el filme, cuando Bórat llega a Estados Unidos sigue siendo el mismo estúpido de origen kazajistano, por lo que esa intención satírica de que hablan algunos no pasa de ser la muestra fría del personaje rural metido a ciudadano.
Bórat es el don Concepción, don Concho, concho, de la literatura costarricense: alguien de quien reírse, no alguien que cuestione al sistema en que se vive.
El filme exhibe algunas hipocresías de ciertos grupos en Estados Unidos, no para cuestionarlos, sino para hacer guasa del personaje (Bórat) presentado como estúpido.
En efecto, quienes ven en esto una sátira aguda, muy rápido han olvidado la sutileza, elegancia, humanismo e inteligencia de Chaplin para cuestionar la doble moral de un sistema político/económico.
Aún más y, con carácter más popular, juzgo como más bueno y cuestionador a Cantinflas que a este limitado actor inglés, ¡limitado!
No niego que algunas secuencias dan en el blanco de la moralina estadounidense, son dardos ocasionales que no responden a la actitud del filme en su conjunto, donde abunda lo chabacano, lo escatológico, lo obvio, lo esperable (como el pleito de dos personajes en cueros) y la sal sin refinamiento.
Finalmente, el estilo de falso documental, le permite al director no preocuparse por el encuadre, ni por el plano, ni siquiera por ser coherente con el desarrollo de la trama, que dicho sea de paso se siente holgazana, como si nadie estuviera tras las cámaras, como un viaje sin sentido al fondo de la nada.
De ahí el final desastroso, por complaciente, de esta película.