Los medios de información internacionales nos han recordado los nombres de personajes fallecidos en el curso del presente mes, algunos de ellos figuras emblemáticas de corrientes ideológicas y de movimientos sociales y políticos que han dejado marcadas las páginas de la historia mundial. Esta extraña coincidencia de fechas agrupa a hombres y mujeres de relevancia en diversos ámbitos, todos acreedores de la fama, buena o mala, que los congrega en las notas luctuosas asignadas en los medios de comunicación para la gente célebre.
En el campo de la política, dos nombres sobresalen: por una parte, el del checo Václav Havel, ilustre estadista, escritor y valiente luchador por la libertad y la democracia, y, en el lado opuesto, el sombrío y perverso déspota norcoreano Kim Jong Il. Desde luego, un abismo los separa y eso nos permite admirar la gesta personal y el liderazgo de Havel así como expresar nuestro profundo rechazo a la crueldad y el mal que Jong Il personificó.
En el caudal de testimonios provocado por la muerte de Havel, destacan cualidades que engrandecieron a este adalid de la democracia. Empecemos por su decencia, su humildad y sencillez y, en general, todas las características que separan a los grandes líderes, los líderes genuinos, de aquellos que no pasan de ser oportunistas y mediocres, buscadores de premios y distinciones que con frecuencia plagan el elenco internacional.
Havel surgió del mundo de las letras, distinguido dramaturgo y ensayista escogido por su pueblo para la presidencia checoslovaca primero y después la de la República Checa. Como escritor denunció y satirizó al comunismo que agobiaba a su patria y, en su momento crítico, lideró la Revolución de Terciopelo, como se llegó a conocer el movimiento que, en 1988 y 1989, doblegó a la opresiva dominación soviética en Checoslovaquia y, de manera más amplia, en la Europa Central y del Este conforme la URSS se derrumbaba.
En contraste, Jung Il llegó a la jefatura de su país como delfín de su padre, Kim Il Sung, a quien Stalin escogió para regir la emergente Corea del Norte comunista, separada en la temprana posguerra de Corea del Sur, el proyecto democrático tutelado por Estados Unidos. Más allá de las leyendas que los propagandistas norcoreanos tejieron a su alrededor, Jung Il nació en la URSS y fue educado en las macabras artes totalitarias por su padre.
Cifras de especialistas occidentales evidencian que, poco después del fallecimiento de Il Sung, el sistema de racionamiento impuesto por el viejo jefe comunista se derrumbó debido a los errores del hijo, quien respondió a esa emergencia condenando al grueso de la población a sufrir hambre, excluidos desde luego los militares y la nomenklatura política. El número de muertes causadas por las medidas de Jong Il se estima en alrededor de 2 millones que, como porcentaje de la población, ubican al autócrata en las ligas sangrientas de Stalin y Pol Pot.
Valga señalar que las privaciones del pueblo nunca obstaculizaron los placeres de las comidas y bebidas finas occidentales que, en todo momento, estuvieron a la disposición de esta repugnante figura del comunismo asiático. Todavía falta por ver qué nuevos excesos demanda el nuevo “comandante supremo”, Kim Jong Eun, dilecto hijo del recién fallecido déspota.
En otros ámbitos, en especial los de las artes, las letras y la cultura, dos nombres destacan en la nómina luctuosa del fin de año: la cantante Cesária Évora, de Cabo Verde, antigua colonia portuguesa en África, y Christopher Hitchens, escritor y periodista angloamericano.
Évora, hija de un hogar sumamente pobre, empezó desde niña a cantar en bares y hoteles hasta convertirse, años después, y siempre descalza, en un símbolo nacional con su música ungida de tristeza. Del Cabo Verde natal pasó a los grandes escenarios europeos y norteamericanos donde apasionó a los públicos y cronistas, dejando a su paso una rica discografía de su rítmica composición.
Muchos encontraron en sus cantos un tono evocativo del fado portugués, lo cual era lógico dada la experiencia colonial de su país. Con todo, en su música siempre predominaron las raíces de su hogar y su pueblo. En su funeral, el presidente caboverdiano, Jorge Carlos Fonseca, rindió homenaje a esta heroína nacional que a lo largo de más de dos décadas “iluminó el mundo”. El ministro de Cultura de la nación, Mario Lucio Sousa, dijo en su oración de despedida: gracias a ella, “somos el único pueblo que conquistó el mundo descalzo”. Y así fue sin duda.
Coincidiendo con la muerte de Havel, falleció en un centro médico de Texas el brillante periodista, escritor y polemista Christopher Hitchens. Comentaba un colega periodista que en la prensa británica y norteamericana las crónicas luctuosas de Hitchens compitieron con las de Havel. Esto se entiende por la presencia de Hitchens en diferentes medios, alternando conferencias y discursos con la prensa escrita, la radio y televisión además de varios libros. Toda esta producción testimoniaba sus convicciones como crítico de los políticos, de otros autores y, finalmente, de la religión en general y específicamente del Supremo Creador. En su onda ateísta recorrió Estados Unidos con varios colegas adversos a su tesis para participar en debates públicos que resultaron memorables.
Hitchens lideró una escuela orwelliana de perenne cuestionamiento, causa que encabezó desde sus épocas colegiales en Oxford, donde su maestro inspirador fue el especialista en estudios soviéticos Robert Conquest, quien trabajó con George Orwell. Aunque no compartimos muchas de las tesis de Hitchens, lo recordaremos como un fogoso luchador por la libertad y la democracia.