París. Las máscaras de carnaval, que vistieron esta semana las calles de Río de Janeiro, Barranquilla, Nueva Orleans, Canarias, Niza, Colonia o Ciudad del Cabo, entre otros lugares del mundo, simbolizan el fin del invierno en Europa y en América un homenaje mestizo a la naturaleza y a los espíritus de la vida y el goce.
De los orígenes de esta fiesta antigua para decir adiós "a la carne", y entrar en el periodo de ayunos de la Cuaresma, ya va quedando poco, pero millones de personas dan rienda suelta en estos días a su imaginación para disfrazarse, bailar, comer y beber en exceso.
"Comamos y bebamos que mañana ayunaremos (...) don Carnal es muy gran emperador y tiene por el mundo poder como señor", según versos populares españoles de la época del Arcipreste de Hita (siglo XIV).
Ante el ambiente de erotismo y locura que generan las fiestas entre hombres y mujeres, en países como Brasil y Bolivia las autoridades anunciaron ya, como en años pasados, la distribución gratuita de millones de preservativos o camisinhas de Venus .
El viejo continente
El sociólogo francés Claude Gaignebet dice que en Europa el carnaval comienza en realidad en Navidad desde el momento en que el mundo comienza a salir de su noche más oscura, la del solsticio de invierno.
"Una especie de fiebre anuncia la llegada de una temporada de alegrías", explica Gaignebet.
El sabio vasco Julio Caro Baroja, en su conocida obra sobre las carnestolendas en España, coincide con Gaignebet.
"Durante siglos el período de carnaval ha comenzado, tácitamente, a partir de las mismas Navidades. Las gentes ricas han celebrado ostentosamente lo que en pagos y aldeas tenía un aire más dramático y vital, por estar más cerca de la naturaleza", recuerda caro Baroja.
"Tanto ciudadanos como campesinos buscan darle trascendencia a juegos y diversiones, a las fiestas en que comenzaron a participar en la niñez", agrega.
Fiesta carnal
Gaignebet y Caro Baroja estudian el Carnaval como una religión milenaria, con sus fiestas, ritos y símbolos, sus silbatos, vejigas de cerdo y trompetas, en un homenaje al soplo de la vida y a su misteriosa circulación.
"La creatividad, la invención, la fantasía en el diseño y disfraces es la manera que tenemos de no olvidar nuestros orígenes rurales, una forma de darnos fuerza para burlarnos de nosotros mismos. Y de la muerte con su garabato", señala por su parte el filósofo colombiano Numas Armando Gil Olivera.
Según la escritora colombiana Fadir Delgado, investigadora del Carnaval de Barranquilla, la idea es preservar la tradición, pero los grupos de música tradicional, con flautas de millo y tambores, han disminuido y han sido reemplazados por grandes amplificadores con ritmos modernos y extranjeros, pura música chatarra.
En Cuba, el folclorólogo Fernando Ortiz, autor de numerosos ensayos a comienzos de siglo sobre el sincretismo o la mezcla de creencias y rituales sobre todo africanas e hispánicas destaca las fiestas de "diablitos" organizadas por los cabildos afrocubanos al llegar el 6 de enero, día de los Reyes magos.
"El gobierno colonial y la iglesia facultaban a todos los individuos de color a salir a las calles a desfilar con sus tambores, danzas y disfraces", dice.
La fiesta es lo que esperamos, lo que ansiamos que suceda, señala por su lado el semiólogo francés Roland Barthes.
Barthes explica que en el ciclo anual de las temporadas de frío y calor, o de sequía y lluvia, el Carnaval llega con regularidad, como una promesa de vida en medio de esa danza con el tiempo que nos mata que son los días de la rutina del trabajo y Cuaresma.
"Solo trabajamos para poder bailar", suelen decir algunos mitos de los indígenas del continente americano.