Es importante que haya, cada tanto tiempo, una exposición antológica de José Sancho en nuestro país. Las nuevas generaciones de costarricenses interesadas por el arte deben tener ocasión de asomarse a esa obra y de comprobar, con vista y tacto, su profundidad y trascendencia. Ahora más que nunca, en estos tiempos de arte especulativo e insustancial, el trabajo de un escultor serio, consistente y refinado es un consuelo, un grato alivio.
La muestra de José Sancho que se encuentra en los Museos de Banco Central (bajo la Plaza de la Cultura) se llama
Cada material responde a una intención. Un solo tema se trabaja a veces en diversos lenguajes: están el mapache de mármol y el de madera, que dicen cosas distintas; hay un cardumen de tosco fierro y otro de aluminio pulido, y, por supuesto, algunos de los numerosos torsos femeninos, que son una de las más ricas vetas del autor, en madera, piedra y mármol.
Como es sabido, José Sancho inició su carrera escultórica juntando piezas de chatarra para armar figuras, sobre todo de animales. Eran obras de ingenio e imaginación, creadas desde las limitadas posibilidades que ofrecen los metales fundidos por otras manos, para otros fines. Sin embargo, aquellas obras tenían carácter; captaban el aire cómico del loro, la rebeldía de la cabra, la perplejidad del grillo.
Una vez que dominó esa técnica, con pasión y paciencia artesanales, de sus manos fueron saliendo criaturas que antes solo podían verse en fugaces apariciones en la selva: ocelotes, osos perezosos y hormigueros, tucanes, armadillos' y algunas verdaderamente elusivas: la suricata, la comadreja y el serafín del platanar.
Lo interesante de esas esculturas, por supuesto, va más allá de lo meramente zoológico: cada una se nos presenta con su virtud particular, su astucia o su paciencia, aquello que los convierte en caprichos únicos de la naturaleza, en juguetes de Dios.
Sancho pasó su infancia en Puntarenas. El orden impecable y sinuoso de las escuelas de peces se fijó desde niño en su retina. De allí vienen los muchos cardúmenes que ha representado, y en los que Juan Bernal Ponce encontró correspondencias musicales.
En efecto, la música –esa otra gran pasión de José Sancho– parece dictar los contrapuntos armónicos de esos complejos y elegantes desfiles acuáticos, matizados con texturas y brillos orquestales.
Igual que las bandadas de aves migratorias y marinas, los cardúmenes son seres colectivos, misteriosamente movidos por una sola voluntad. Aves y peces llevaron al artista a registrar la gracia de otras agrupaciones: tropeles de toros o jirafas, nidadas de conejos, solemnes familias de búhos y pinguinos –estos últimos, observados de primera mano en la Antártida–. Entre todos ellos, un hallazgo formal maravilloso: la serie de cabezas de antílopes, reflejadas nítidamente en el agua del abrevadero.
Sin embargo, donde hay más poder concentrado, más potencia hipnótica y estética, es sin duda alguna en las serpientes. En la escultura de serpientes es donde el Sancho tallista alcanza su plenitud. El animal en sí mismo es una misteriosa suma de elegancia, reposo y fuerza letal. Inevitablemente evoca tanto la vida como la muerte. Enroscadas, envueltas en sí mismas, algunas de las serpientes cobran forma de vulva, de sexo femenino. Talladas en mármol negro, en grandes dimensiones, tienen una fuerza interior estremecedora.
Hay torsos en madera, en granito, en mármol, y, en cada caso, la forma responde al material. La calidez y la turgencia de las vetas del cocobolo, la áspera ternura de un mármol rosado a medio pulir, la transparencia del mármol blanco reducido al mínimo grosor, son elemen-tos materiales al servicio de un erotismo sublime.
La obra de Sancho se ha hecho ya tan abundante y diversa que es difícil representarla, aun en grandes salas como las de los Museos de Banco Central. La curadora de la muestra, María Alejandra Triana, hizo un espléndido trabajo de selección y agrupamiento, acompañado por un muy respetable catálogo que incluye, además de su ensayo, otros de Enriqueta Guardia y de Efraín Hernández. En cuanto al arte costarricense, bien podría ser esta la exposición de la década.