El estreno oficial aquí del documental Fahrenheit 9/11 , este 20 de agosto, promete mucho público en las salas y, por qué no, una que otra sorpresa.
Es cierto que en Tiquicia no está en juego la reelección del Presidente, ni las vidas de compatriotas en guerra; sin embargo, la breve imagen que se ve en el filme de un tico frente a una carreta típica, mientras el cineasta estadounidense Michael Moore menciona a nuestro país como uno de los miembros de la coalición que invadió Iraq, bastaría para polemizar sobre la decisión del mandatario Abel Pacheco, de dar su apoyo incondicional a su homólogo George W. Bush.
Por otra parte, el filme también atrapó la atención luego de que ganó la famosa Palma de Oro en el Festival de Cannes, y tras romper récords de taquilla en Estados Unidos, en donde ya superó la astronómica cifra de los $100 millones, algo inaudito para una película tipo documental.
Expectativa
Ahora la pregunta es: ¿Cuántos y quiénes la verán en Costa Rica, y cuál será su impacto en la opinión pública?
Si tomamos en cuenta que Masacre en Columbine –anterior filme de Moore sobre la obsesión gringa por las armas– se mantuvo en cartelera durante ocho semanas, Fahrenheit 9/11 arrastra consigo suficiente controversia como para sospechar una reacción mucho mayor que esa.
Es innegable: sea aquí o allá; en Estados Unidos o Europa; en Japón, Cuba o Kuwait, el filme de este gordito ataviado con su inseparable gorra de beisbolista, levanta roncha y de la buena.
No podría ser de otra forma cuando, gracias al olfato periodístico-investigativo de Moore, el público puede ser testigo en la pantalla de los siete minutos que el presidente Bush permaneció sin reaccionar –con un libro infantil en sus manos frente a un grupo de escolares– luego de que el jefe de gabinete le susurrara al oído: “Estamos siendo atacados”.
O cuando, ante los ojos del espectador, aparecen las grotescas escenas que las grandes cadenas estadounidenses nunca se atrevieron a mostrar: niños y civiles iraníes mutilados por las bombas de los aliados y desoladoras imágenes de soldados americanos arrepentidos de luchar en una guerra que ahora les sabe a engaño.
Estas y otras denuncias de Moore han recibido la debida descarga por parte de los sectores más conservadores y de derecha norteamericanos, quienes ven en la figura del escritor de Estúpidos Hombres Blancos , precisamente a un estúpido hombre, gordo y blanco que, además, es enemigo de su propio país.
Las reacciones van desde la negativa de la Casa Blanca a comentar sobre una película “plagada de falsedades”, hasta el financiamiento, por parte de algunos grupos de presión, del documental Michael Moore hates America (Michael Moore odia Estados Unidos).
Revistas como Time y Newsweek han señalado algunas impresiones del filme, mientras otros acusan a Moore sobre la supuesta forma tendenciosa como manipula imágenes y textos para cumplir con su confeso cometido: sacar a George W. Bush –“halcones” incluidos– de la Casa Blanca, en los comicios del próximo 2 de noviembre.
A los ataques, Moore responde en su página de Internet con comparaciones sobre lo dicho en Fahrenheit 9/11 y los hechos probados por la comisión independiente encargada de investigar los atentados del 11 de setiembre del 2001.
¿Verdad o mentira? ¿Ficción o realidad? Las respuestas parecen condicionadas por las convicciones ideológicas o simples simpatías de la gente.
Como sea, el filme ya demostró su capacidad para avivar la discusión sobre temas cruciales de nuestro tiempo y se podría decir que, solo por eso, bien vale el boleto.