
Yolanda Oreamuno no era solo tinta; tenía carne y hueso. Tal vez era feliz con su taza de café cada mañana, una tortilla con queso y una buena plática. ¿Cuántos piensan hoy en ello? Como sucede con los famosos, su historia suele registrarse de diversas formas. ¿Qué de todo lo que se cuenta sobre ella es cierto?
“A las pruebas me remito”, sería una frase perfecta si en el camino para reconstruir la historia de Yolanda Oreamuno no existiesen tantos puntos ciegos.
Si deseamos percibir sus cambios físicos, la mejor estrategia para hacerlo sería consultar las fotos de su cédula de identidad, pero no existen ya. Antes de 1990 se quemaban tras notificar una defunción.
¿Cómo decir después de tanto tiempo que tal vez toda su vida ha sido sobredimensionada? Desde el más allá, ella parece hablar y repetir lo que escribió: “Yo era demasiado buena para lo mala que me hubieran deseado, o demasiado mala para lo buena que me trataban de hacer”.
Obras escritas y perdidas. Su obra también debía ser parte de su leyenda. Ensayos, cuentos, artículos, una novela y su epistolario conforman el quehacer literario de Yolanda; pero para exaltar su creatividad no basta una sola novela, aunque pensada al centavo y perfecta desde todo punto de vista.
Mediante entrevistas, ensayos y hasta “estudios” bastante objetables, quienes utilizan a Oreamuno como estandarte para su propia figuración, aseguran que varias de sus novelas están extraviadas. El cuento se hace más grande cuando alguno de ellos dice que incluso hubo un escritor que publicó una de estas obras bajo su nombre.
Lo poco, realmente escaso, que Yolanda tenía al momento de su muerte, le quedó probablemente a su mejor amiga de la adultez, la también escritora Eunice Odio, pues murió en la casa de esta en México.
Los inventos llegan a tanto que incluso se ha dicho que, tras la muerte de Eunice Odio, un “novio” recogió sus documentos y los guardó en la bóveda de un banco. Según estos expertos improvisados, allí se encuentra obra inédita de ambas autoras.
Empero, mientras no logre comprobarse lo contrario, la obra de Oreamuno debe considerar únicamente lo editado, salvo el caso de una novela enviada a un concurso y que, por no ser seleccionada como ganadora, fue quemada de acuerdo con la usanza de la época.
Muerte trágica y casi bíblica. Como un personaje bíblico o “shakespereano”, el descanso eterno de “la mujer más bella de Costa Rica” debía ser dramático.
Muchos dicen que murió de tristeza por no estar cerca de su hijo. Este hecho afectó muchísimo a Yolanda, pero la gente se muere de algún problema físico: algún órgano deja de funcionar e interrumpe la vida.
El 8 de julio de 1956, a los 40 años de edad, Yolanda Oreamuno dio la espalda a este mundo, según consta en su certificado de defunción. De acuerdo con una cuñada –esposa de su medio hermano–, Betty de Wolf, la muerte se produjo por una embolia cerebral. Aun así, se han imaginado otras causas de defunción.
A cincuenta y cinco años de su fallecimiento, las historias alternativas sobre Yolanda continúan nutriéndose, y ella es icono de belleza, rebeldía y derechos de la mujer, y retratista de una Costa Rica que no logra desprenderse de un temperamento aldeano, que en su vida le provocó inconvenientes y que aun después de muerta le causa oprobio.
Ella misma parece haber intuido cuál sería su destino post mortem , y, en una actitud sarcástica, manifestó su indiferencia incólume ante las habladurías.
Yolanda Oreamuno despreció su calidad de objeto de “cotorreo” y de mito urbano; de antemano calló las bocas de tanto “biógrafo” y les dijo: “Les dejo la leyenda para que se distraigan, pero me vengo yo”.
El autor es periodista y ha investigado la vida y la obra de Yolanda Oreamuno.. Desde los inicios de los años 90 Ha sido uno de los promotores de la recuperación de la memoria de la escritora en Costa Rica.
Foto: Cortesía de www.cosasdejota.blogspot.com