San Juan (20, 19-23)
Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: "Paz a vosotros." Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: "Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo." Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos."
Palabra el Señor
Comentario dominical
Pbro. Juan Luis Mendoza
Pentecostés
En este domingo se celebra la Solemnidad de Pentecostés. El término "Pentecostés" equivale a cincuenta días después, en este caso, de la resurrección de Jesús, que es cuando sobreviene el Espíritu Santo sobre los apóstoles y María en el cenáculo de Jerusalén. Usted puede leer el relato en Hechos 2, 1-11.
Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo, tercera persona de la Trinidad de Dios, Espíritu Creador, Santificador, Educador del hombre, Defensor, Abogado, Maestro de la Palabra de Dios en la Iglesia. Gracias a su impulso se transforma el mundo, crece el amor, se alcanza la justicia.
El fruto de la resurrección de Jesús, su ascensión al cielo, es el don del Espíritu Santo. Recibido en Pentecostés como primicia de la nueva creación, nos garantiza un mundo unido y ordenado, según el plan de Dios, mediante el amor entre los hombres y su progresiva transformación, en especial en el seno de la Iglesia, de la que el Espíritu es como el "alma", sacramento de salvación.
El evangelio que comentamos es de San Juan y ha sido elegido para esta celebración por aquello de "recibid el Espíritu Santo". Se trata de una aparición de Jesús resucitado, el mismo día de la resurrección, el primero de la semana, el que hoy llamamos Domingo o día del Señor.
Puntualiza el evangelista que Jesús entra en la casa, estando las "puertas cerradas", insinuando así, sin más explicaciones, las cualidades espirituales del cuerpo resucitado de Cristo (vea, a propósito, primera Corintios 15, 44).
Previo el saludo del "paz a vosotros", y para asegurarles de que se trata del mismo Jesús, el de carne y hueso, aquel con el que han convivido familiarmente, el crucificado, observa San Juan que "les enseñó las manos y el costado", o sea, las huellas de la lanza y de los clavos, huellas ahora radiantes de luz y gloria. Los discípulos se alegran.
De nuevo les saluda con el "paz a vosotros", y les encomienda la misión de ser enviados, así como él lo fue del Padre, para llevar a buen fin la obra de la salvación realizada en él, en Cristo, por su muerte y resurrección.
Y para hacerlos capaces de ello les da su Espíritu. "Recibid el Espíritu Santo", les dice mientras exhala su aliento, como lo había hecho Dios al comienzo de la creación (Génesis 2, 7). Tal como el propio Jesús lo había declarado, el don del Espíritu Santo dependía de su glorificación y retorno al Padre (Juan 7, 39 y 15, 26, respectivamente). Se da, pues una clara unión entre la resurrección de Jesús y la animación de la Iglesia por el Espíritu (vea primera Corintios 15, 45), lo que siempre ha reflejado la enseñanza de la Iglesia y su liturgia.
En el presente caso el don del Espíritu se relaciona específicamente con el poder de perdonar los pecados que Jesús da a la Iglesia. La tradición católica ha visto con razón en este hecho el origen del sacramento de la confesión, penitencia o reconciliación.