En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la Fiesta había algunos griegos; estos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban:
"Señor, quisiéramos ver a Jesús."
Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó: "Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre."
Entonces vino una voz del cielo:
"Lo he glorificado y volveré a glorificarlo."
La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: "Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí." Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir. Palabra del Señor.
Comentario dominical
Pbro. Juan Luis Mendoza
Si el grano de trigo...
Quinto domingo de Cuaresma. El evangelio de hoy consta de dos partes: los gentiles que quieren ver a Jesús, y declaración de la paradoja de la vida en la muerte. Ambos hechos tienen su relación: Jesús salvador universal por medio del sacrificio en la cruz.
Jesús limitará su predicación a los judíos, a las "ovejas descarriadas de Israel", pero serán sus discípulos los encargados de llevar la buena nueva de la salvación a los gentiles (todos los no judíos) hasta el fin del mundo.
Contrasta, por cierto, la actitud de estos "griegos" (con significado más abarcador de gentiles) con la de los dirigentes del pueblo judío que rechazan y persiguen a Jesús y marginan su muerte. Jesús lo sabe, y de ahí su reacción.
"Ha llegado la hora..." ¿Qué hora? La de su glorificación por la crucifixión, muerte, resurrección y ascensión al cielo. Y para explicar un poco lo de la glorificación que arranca de la crucifixión y la muerte, trae a cuento lo que sucede en la misma naturaleza, la necesidad de morir para dar la vida: un grano de trigo queda infecundo si no "cae en tierra y muere", pero "si muere, da mucho fruto". Morir para vivir; la vida brotando de la muerte. El misterio pascual: Jesús padece y muere para resucitar y ser glorificado.
Dicho de otra manera también: es el amor triunfando sobre el egoísmo. El que, como Jesús, se entrega al servicio de los demás hasta dar la vida por ellos, no vive en balde, no pierde inútilmente su existencia, no carece de un valor y un sentido; al revés, trascendiendo la vida meramente mundana, sin peso, vacía, experimenta ya aquí en la tierra la "vida eterna". Es dando como se recibe.
Amar es servir. Y Jesús va adelante de sus seguidores que se decidan a servirlo sirviendo a los demás, especialmente a los más necesitados: los pobres, los pequeños, los pecadores, tal como lo hizo él. El premio del servicio lo dará el Padre.
La "agitación" que padece Jesús, a continuación, es como un anticipo de la "agonía" de Getsemaní que nos describen los otros tres evangelistas, San Marcos, por ejemplo, en los versículos del 32 al 42 del capítulo 14. Jesús, en su condición de hombre, se turba ante la inminencia de su pasión y muerte, tan dolorosas. Desea, como cualquier humano, verse libre de ellas, pero se somete inmediatamente al Padre, a lo que él disponga.
He ahí la enseñanza esencial o imprescindible para nosotros, expuestos a los padecimientos de toda índole: que como Jesús seamos capaces de decirle al Padre una y otra vez que no se haga nuestra voluntad sino la suya, aunque nos cueste.
Y si así lo hacemos, seremos glorificados como también lo fue Jesús con su resurrección y el Padre será glorificado en nosotros por nuestras buenas obras, por la dedicación al servicio de los demás, por el amor con que nos entreguemos hasta la muerte, como Jesús, a hacer la voluntad del Padre.
A la gente le cuesta un poco entender esto; necesita del Espíritu de Jesús, del Espíritu del Evangelio.
Hay más, la elevación de Jesús en la cruz supondrá el comienzo de la derrota definitiva del "Príncipe de este mundo" que dejará de serlo; y por su parte Jesús atraerá a todos hacia él, es decir, cumplirá su misión de salvación universal.