San Lucas (1, 39-45)
En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo, y dijo a voz en grito: "¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que ha dicho el Señor se cumplirá".
Palabra del Señor.
Comentario dominical
Pbro. Juan Luis Mendoza
Dichosa tú
Las cuatro semanas del tiempo litúrgico del Adviento se dividen en dos partes: del primer domingo al 16 de diciembre la atención se fija en la venida escatológia o la del final de los tiempos, la "segunda" venida del Señor; del 17 al 24 de diciembre, en la Navidad, la "primera" venida, el nacimiento del Hijo de Dios en Belén. Figura principal de esta parte: María, que llena con su presencia a este cuarto domingo.
Grávida ya del hijo (suyo y de Dios Padre), concebido en ella por obra del Espíritu Santo, María corre a la montaña, a un pueblo de Judá, hoy en día preferentemente identificado con Ain-Karim, seis kilómetros al oeste de Jerusalén. Es la "visitación".
¿A qué va a la casa de su pariente Isabel? A felicitarla, pues a pesar de ser anciana y estéril, va a tener un hijo (el futuro Juan Bautista), a asistirla en los menesteres del parto y también, ¿cómo no?, a recibir consejo.
El término "aprisa" se puede traducir del original griego como "muy solícitamente"; es decir, que no es sólo ni principalmente el que María (joven de unos 15 años) camine ligera abriéndose paso en la montaña, sino que, llena del Verbo de Dios, que es Amor, se ve como impulsada desde adentro a cumplir con un gesto de muy exquisita caridad: congratularse con una mujer de la que Dios se ha compadecido (eso significa Juan) que va a ser madre.
Es obvio: en la medida en que andemos más llenos de Dios en el corazón, vamos a ser también más solícitos con los demás, más atentos y serviciales; verdaderos devotos de María, entendida la devoción como imitación. Pues, nada, ¡a serlo!
La presencia de María y de Jesús en su seno llevan gozo a la familia de Isabel y Zacarías, y sobre todo a Juan, que salta de alegría en el vientre de la madre, como los hijos de Rebeca (Génesis 25, 22 ss) o el rey David que danza ante el arca (2 Samuel 6,16) y, más aún, como los pobres a los que Isaías pone a brincar ante el anuncio del advenimiento del Mesías (35,6).
En efecto, el Hijo de Dios hecho hombre viene para todos, pero especialmente para los necesitados: los pequeños, los pobres, los pecadores. Tienen, por lo mismo, sobrado motivo para alegrarse con su presencia, pues ellos son los preferidos del Padre y su Enviado, y debieran serlo de nosotros igualmente.
Isabel, llena del Espíritu Santo y de inspiración mesiánica, deja a la posteridad las memorables palabras que complementan el saludo de Gabriel y que repetimos en el rezo del Avemaría: "¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!".
Sabido es que "Señor" es un título divino de Jesús resucitado que San Lucas pone en este texto en boca de Isabel que reconoce en María a la Madre de Dios, pues el hijo concebido en sus entrañas es también el Hijo de Dios.
María es "dichosa" por ser madre, pero lo es sobre todo por ser una mujer de fe, absolutamente confiada en Dios y entregada a su plan de salvación.