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Quien la conoció, como dice el verso de Nervo, nunca pudo olvidarla. A la poeta de gravedad insólita o a la profunda desgranadora de sombras y luces. A la dueña del idioma y señora del verbo. En el principio estaba allí: la Gran Rumbera de la Poesía Centroamericana . La eterna Cumbanchera del verso y la prosa. Carioca, así la llamaban algunos por el fuego de su cuerpo, bailando las danzas del trópico. Nuestra Señora de las Libélulas , comparada con una mariposa, siempre viva, libando de corola en corola la esencia de la poesía. La modelo de grandes pintores: desnuda, cubierta, semidormida, despierta. La mujer de las chinelas de oro , como alguna vez la llamó un joven poeta, por aquellos dedos maravillosos y esas uñas de sangre: inquietas, brillantes, vivas.








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