La figura menudita de Betty Lobo de Molina es engañosa. Al principio cuesta creer que esa mujer, de baja estatura y 60 años de edad, pueda correr 42 kilómetros sin más preparación que el deseo de hacerlo.
Pero la incredulidad desaparece cuando se está frente a esa pared llena de medallas, placas y trofeos que adornan la habitación de esta corredora insigne.
Desde hace cinco años, Betty se inscribe en cuanta carrera aparece, no importa la distancia, el recorrido o si gana, para ella lo importante es participar.
Hoy, como lo ha hecho en otras oportunidades, estará en la línea de salida de la 26¡ edición de la Clásica Internacional de San Juan, que arranca en el Alto de Ochomogo y termina en la iglesia de San Juan Bautista, en Tibás, con un recorrido de 21 kilómetros aproximadamente.
En vísperas de esa carrera, y como lo hace siempre, Betty recuerda aquel momento cuando apenas podía moverse.
Homenaje a Dios
"Lo más importante para mí es darle gracias a Dios de poder empezar y terminar cada carrera", afirma, como preámbulo para abrir su memoria y recordar aquella dura experiencia que cambió su vida.
La empresa donde trabajaba en ese momento, Rohm and Haas, organizó una fiesta de fin de año para los empleados y le preguntaron en cual de las actividades quería participar.
Sin pensarlo dos veces, eligió correr. Por supuesto, la reacción de sus compañeros fue de asombro: ¿cómo se le podía ocurrir semejante idea saliendo de una lesión tan seria?
Pero Betty, determinada como es, participó... y ganó.
Después de esta experiencia corrió en otras cinco competencias de corta distancia, pero dejó de correr de repente.
No fue sino hasta hace cinco años cuando le entró "la fiebre" y desde entonces, no ha dejado de participar.
Confiesa que antes de cada carrera se siente sumamente angustiada: "creo que es porque sé que no estoy preparada", admite, mientras explica que nunca ha entrenado para una competencia.
Es probable que a los corredores de alto rendimiento les parezca improbable que una persona de edad avanzada soporte correr 20 o 40 kilómetros sin un entrenamiento adecuado.
Sin embargo, Betty sostiene que su entrenamiento son los quehaceres del hogar y su trabajo en el vivero Ornamentales del Río, donde prácticamente hace de todo.
"Siento que entrenar es para competir, y yo corro solo por participar", comenta.
Dice, además, que en estos cinco años nunca ha experimentado ni un cólico y que para ella lo más grande es llegar a la meta, no importa la posición que ocupe al final.
"Se que estoy actuando mal al no prepararme; a veces me digo: 'hoy no voy a correr, pero cuando veo, me estoy poniendo los chunches y... a la pista'".
"Cuando voy corriendo pienso en lo maravilloso que es Dios, porque después de estar año y medio sin poder ni moverme, ahora puedo correr y llegar a la meta".
La superabuela, como le llaman algunos, ha participado en todas las competencias de importancia en el país, desde la Sol y Arena, en Puntarenas, hasta la famosa Maratón Maxi Malta.
La primera la ha corrido en cinco oportunidades y ha obtenido el primer lugar tres veces en su categoría, veteranos, de 50 a 60 años.
Doña Betty es tan fiebre que recuerda una ocasión en la cual trabajó de 7 a. m. a 12 m., a las 2 p. m. participó en una carrera cuyo tiempo final fue de unas cinco horas; y, por la noche se fue de fiesta con su marido Antonio Molina y "bailamos hasta las 2 a. m.".
Ni la misma Betty sabe de donde le viene tanta energía, pero lo cierto es que siempre tiene que estar ocupada en algo: en la casa, en el trabajo o corriendo.
Lo único que le queda es probar suerte en una competencia internacional y ya presentó todos los requisitos para participar en la famosa Maratón de Nueva York, a realizarse el 7 de diciembre.