
Batán, Matina y Valle de la Estrella. Limón. "Si pudiera llorar sangre, lloraría sangre"... Un largo suspiro selló esta frase en los labios de Oscar Patterson, agricultor limonense de los bajos del Chirripó.
Apoyado en lo que queda de su casa, sus pies descalzos pisan lo que para él y para cientos de campesinos se ha convertido en una maldición: el barro curtido, café y caliente, trampa mortal de sus sembradíos de plátano, guanábana y frijoles.
Como Oscar, también Enrique, Salvador, Juana, Pastor, Víctor Manuel, Secundino... lo perdieron todo en las inundaciones que afectaron la zona caribeña hace tres semanas. Las aguas se llevaron sus plantaciones, el ganado y hasta sus casas, pero no lograron arrastrar la esperanza de salir adelante una vez más.
Lucharán solos porque, según dijeron, no creen en las promesas de ayuda que afloran unos días y que luego, como las aguas, se escurren dejando un sabor amargo.
Ellos contaron sus historias en un recorrido hecho por La Nación. Lo hicieron sustituyendo el llanto por sonrisas y paseando su mirada por lo que quedó de sus pertenencias.
Nuevo comenzar
Las cifras oficiales hablan de ¢5.000 millones en pérdidas. Números que no se aproximan, siquiera, al drama humano de comunidades como Matina, Batán y el Valle de la Estrella, donde las "llenas" no tuvieron compasión de sus habitantes.
Fue en Matina donde un colchón atrapado en el lodo y unas tablas humedecidas por las lluvias, nos abrieron paso hasta la casa de doña Juana Porras, de 54 años.
Ella vive con Bernardo Baltodano, de 65 años, y Dulcelina Porras de 83. Lo perdieron todo. Solo les quedó la casa, dañada hasta las raíces por el agua invasora. "Si no me lo cré, pase y vea lo que hay en el patio", fue la invitación de doña Juana.
Entramos y, hundidos en el lodo, vimos el esqueleto de una cama de madera; por allá, el respaldar de una silla, y un poco más al fondo unos colchones y lo que antes fue una lavadora.
No tienen ropa y -¡oh contradicción!- tampoco agua potable suficiente para dar abasto con sus necesidades básicas.
Doña Juana se queja porque la ayuda no llega tan rápido como la prometieron. Sus ocho nietos están a pura galleta y agua, "estirando lo que nos dio la muni mientras encontramos con qué comprar comida".
Y es que para ella, como para otros lugareños, esta desgracia se diferencia muy poco a otras vividas por Limón. "Perdemos en cuestión de minutos lo que ha costado años de trabajo; llega el Gobierno y promete ayuda, pero lueguito se olvida... esa es la historia", comentó Víctor Manuel Morales Mora, de B-Line, quien perdió 88 cabezas de ganado sepultadas en los lodazales de su finca.
Pese a todo, están decididos a luchar por levantarse de nuevo y confían en poder lograrlo.