Jorge Marín. Bronces
Klaus Steinmetz Arte Contemporáneo
Diagonal a la Plaza Rolex: (Costado Este) Escazú.
¿Quién será ese hombre musculoso con antifaz de ave, en ocasiones con alas, siempre expectante en juego con el mundo? ¿Dónde estará su fortaleza, en el bronce que lo anima, en el reto de sus acciones o en la profundidad de su carácter? ¿Es un personaje mítico o sencillamente ese es el hombre?
Estas serían algunas de las tantas interrogantes posibles frente a la escultura del mexicano Jorge Marín; una obra / cita sobre la individualidad y la suficiencia artística, de cómo toda actitud posterior al nacimiento del arte en tanto razón independiente de la práctica social, ha ido aclarando esa indivisible frontera entre la emoción y la verdad, entre la ciencia y el arte, dos caras de una misma moneda cuya revelación es obligada y consciente en el importantísimo rol del restaurador de arte. De aquí, nace el linaje, los principios y la filosofía de esta escultura.
En El equilibrista en paralelas salta la sospecha de que algo más allá está en las fuerzas del hombre para mantener su metabolismo, y para ello es necesario cierta concentración interna, cierta independencia espacial, en la cual sobra todo lo que se conoce, sólo así el alma reposa, la mirada filtra el exterior que la interpretación popular logra con el uso de la máscara, mas lo esencial es que el individuo piensa.
Este es un punto al que puede referirse la insistencia del escultor a través del uso del antifaz o de las vendas en los ojos, o de los lentes en el personaje. Un recurso que no sólo caracteriza el poder de lo humano en relación con la naturaleza, que las primeras civilizaciones sintetizan como centro de sus respectivos credos. En La barca de San Vicente alcanza otra dimensión, aquella que la modernidad sembró con su razón inquietante, a la espera de un horizonte al parecer visible, pero realmente más basado en el sueño.
Equilibrista en brazo monumental configura un arco en su composición. Interesante imagen que bien alude a esa necesaria flexión que bien racional o física, representa la doblez necesaria del hombre ante la obtención de su objetivo, un momento genésico en el hombre de lo que constituye el movimiento estratégico, el que guarda el secreto de lo ganado, y que depende de la inteligencia de un ojo avizor, un ojo entrenado para interiorizar acciones de largo alcance, y que la literatura y el arte resumen como Marín en esta ocasión con la sapiencia en el Flechador de Pie .
El ángel en cuclillas y El abrazo ganan partido, quizá de manera más vehementemente que el resto de las piezas, de ese adueñarse con facilidad de las características materiales del bronce, lúcido pretexto para rendir con vitalidad a la forma, y controvertir con su apariencia estética la medida monumental, a la vez que expone la antítesis de lo sagrado y profano presente en toda la exposición.
Detalle este último que llama la atención en el tratamiento de la escala y la perspectiva en las composiciones, elementos estos relatores de su contemporaneidad crítica, de su coartada a los secretos de la grandeza constructora del más mimético de los volúmenes en el arte visual, el de la escultura; una zona donde los antiguos y los clásicos llegaron por la pasión de autoconocerse, y sus sucedáneos no abandonan por el temor a lo contrario.