
“Se le llama ‘goma de mascar’, no ‘de tragar’”, le dicen los padres a sus hijos para que eviten tragarse el chicle que tienen en la boca.
De todos los chicles que la gente (especialmente los niños) se traga, la mayoría son bien digeridos y no producen problemas al llegar al estómago. No obstante, también se conocen historias de complicaciones.
De acuerdo con una información de The New York Times, la literatura médica registra los casos de menores que desarrollan obstrucciones intestinales porque tenían el mal hábito de tragar grandes cantidades de chicles.
Un estudio de 1998, publicado en la revista Pediatrics , por ejemplo, describe los casos de tres chiquitos que llegaron a una clínica con dolor intestinal, estreñimiento y otros síntomas. En la operación, se les hallaron pequeñas masas de chicle adheridas en sus intestinos.
Uno de ellos era un chico de 4 años que solía masticar –y después tragar– entre 5 y 7 unidades de chicle al día.
Otros tres estudios, incluido uno publicado en la revista The American Journal of Diseases of Children , describen casos similares. En la mayoría de ellos, los pacientes no tuvieron mayores problemas luego de que les sacaran los chicles.
La goma de mascar ha sido parte de la cultura humana desde el año 7.000 antes de Cristo, la fecha aproximada en la que se puede rastrear alquitrán prehistórico con huellas de dientes.
Se cree que los griegos, indios norteamericanos, y otros grupos de aborígenes también mascaron goma durante milenios.
El primer chicle patentado salió al mercado en los Estados Unidos en 1869.