Tokio. 1997 pasará a la historia en Japón como el año en que un error de apreciación magistral de los poderes públicos, convencidos de que la recuperación económica estaba ya bien lanzada, agobiaron a los consumidores y empresas con impuestos nuevos.
El Gobierno, al estimar que la prioridad era sanear las finanzas públicas, aumentó en dos puntos el impuesto sobre el valor agregado (IVA), en abril, suprimió rebajas de tributos (que bonificaban los sueldos en junio y diciembre) y subió el costo básico de las atenciones médicas (en setiembre).
Esta pócima amarga le costó al Japón 2,5 puntos del Producto Interno Bruto (PIB), estimaron los analistas de Salomon Brothers, y la segunda economía mundial podría registrar un crecimiento cero en el actual año fiscal (que termina a fines de marzo).
Como prueba de la magnitud del error cometido, basta citar que Japón había elaborado su presupuesto basándose en la hipótesis de un crecimiento de 1,9%.
En disculpa suya es necesario señalar que en esa época la hipótesis parecía realista a numerosos comentaristas. Después de cuatro años de estancamiento, la economía japonesa, dopada con un plan de reactivación de $140.000 millones, no había acaso registrado en 1996 el mejor resultado de los países desarrollados (+3,6%).
Pero el plan oficial de un incremento de la demanda privada, que vino a reemplazar la inversión pública como motor del crecimiento, voló en pedazos ante el ingente pesimismo de los consumidores.
Gracias a importantes adquisiciones de precaución antes de que aumentara el IVA, la economía creció en 1,6% en el primer trimeste, pero una vez que la vuelta de tuerca fiscal entró en vigencia, la recaída fue terrible (-2,8% en el segundo trimestre). El rebote del tercero (+0,8%), más "blando" que lo previsto, obligó a los dirigentes nipones a aceptar que la recuperación había encallado.
Desde ahora, Tokio prevé que el cuarto trimestre no será extraordinario: ante el aumento del desempleo, los consumidores siguen a la expectativa y las empresas deben programar rebajas en sus inversiones.
Tokio encendió igualmente una máquina infernal al comprometerse, después de años de vacilaciones, a desregular completamente su sector financiero.