La representación de la experiencia mística es un tema reiterado en la iconología del Barroco. Una formas típica del arte religioso católico de este periodo es el cuadro de altar que representa, en un tono intensamente emotivo, un santo en estado de trance, absorto en la contemplación del misterio sagrado. No basta atribuir estas visiones místicas únicamente a las enseñanzas de la Contrarreforma (por ejemplo a los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola). La “muerte bienaventurada” es otro de los temas característicos del siglo XVII y está también estrechamente vinculado con el éxtasis místico.
Ahora bien, tal como los artistas barrocos lo interpretan, el amor divino tiene algo en común con su equivalente terrenal, y es una consecuencia ineludible de esto último el que muchas representaciones de visiones extáticas sean más que sugestivas de una experiencia erótica sublimada.
El contraste entre la vida y la muerte desempeña un papel formidable en la iconografía barroca. Una de sus imágenes más sobresaliente se la debemos al escultor Gianlorenzo Bernini. Hacia 1674, se le encargó una decoración con el tema de la Muerte de la Beata Ludovica Albertoni, para ser colocada en la capilla Altieri, en San Francesco a Ripa (Roma).
Esta decoración escultórica es representativa del pathos barroco de este tipo de imágenes. En ella, el éxtasis místico se funde con un sentimiento de agonía en el que el dolor físico se percibe intensamente hasta convertirse en un sentimiento de liberación suprema.
La ambigüedad del gesto, la textura superficial del mármol en la piel y los pliegues de tela y el naturalismo de la representación evocan un éxtasis erótico ambiguamente relacionado con la presencia exquisita de lo divino y la disolución del ser ante ella.