La Editorial de la Universidad Estatal a Distancia (EUNED), dentro de su serie especial de “libros regalo” –la cual incluye obras como Concherías, de Aquileo J. Echeverría, e Historias de Tata Mundo, de Fabián Dobles– recién ha publicado la edición ilustrada de Mi madrina, novela corta de Carlos Luis Fallas, tanto en versión de lujo como rústica.
Las ilustraciones –una serie de dibujos de gran calidad, en tinta china, pincel y pluma sobre papel acuarela– fueron realizadas por el artista Luis Carballo Trejos, y con ellas se buscaba un complemento visual relevante para destacar la importancia de este texto.
Por tales motivos, resulta propicio el momento para reflexionar en torno a esta novela.
Mi madrina (1954) suele ser analizada como ejemplo de la estética realista-costumbrista o como un relato juvenil. Este análisis oculta de algún modo sus posibles denuncias o, en todo caso, sus contradicciones dentro del programa literario de Calufa y su generación.
Por ello, es posible entender por qué Mi madrina no causó ningún “escándalo”, pese a contar con algunos ingredientes para generar controversia. En efecto, la obra trata temas que incluso hoy resultan polémicos en nuestra sociedad: una familia no tradicional (Encarnación Salguero, madrina, y Juan Ramón Artavia, ahijado) que supera la pobreza gracias a la “brujería”; una niña soltera de 14 años, Rosaura, embarazada por un sacerdote español; aburridas clases de Religión, y un espacio en el que la educación era vista como un medio para salir adelante, pero con el fin de ayudar a los demás.
En ese sentido, la sociedad recibió de forma distinta esta obra, si se compara con Marcos Ramírez (1952), otra novela de Fallas que en un principio no tuvo gran acogida y sobre la cual pesó incluso una suerte de censura por su aparente carácter transgresor. Hasta entrada la década de los sesenta –quizá impulsada por los cambios de la época o por intereses institucionales– la crítica y el sistema educativo volvieron sus ojos hacia Marcos Ramírez, con lo cual, de “transgresora”, se convirtió en medio de transmisión de los valores del “ser costarricense”.
Así las cosas, luego de que en las décadas pasadas Mi madrina fuese vista como un texto “inofensivo”, en años recientes el interés por esta obra ha crecido y se ha diversificado con varios estudios. Entre ellos destacan “El discurso de la inocencia en Mi madrina, de Carlos Luis Fallas”, de Shirley Montero, y “Procedimientos enunciativos de la autobiografía ficticia en Mi madrina y de la novela autobiográfica en Marcos Ramírez”, de Dorde Cuvardic García. Ambos artículos se publicaron en la revista Káñina, de la Universidad de Costa Rica.
Un relato social e íntimo. Las obras de la generación del 40 suelen ser consideradas un momento clave para la literatura costarricense. Los presupuestos ideológicos que en ellas se tejen permitieron un corte y un cambio en nuestra cultura.
Lastimosamente, como afirma Manuel Picado en su clásico Literatura / Ideología / Crítica, a ese quiebre ideológico no le correspondió un quiebre equivalente en el plano linguístico –problema que sigue aquejando la literatura de nuestro país–, lo que deja en evidencia algunas debilidades de la producción literaria de ese periodo.
Sin embargo, más allá de eso, a pesar de ser vista como relato de costumbres y como relato juvenil, –y por tanto, como un relato ingenuo– en realidad Mi madrina es una obra que permite entender la generación del 40 e importantes elementos que conformaron lo que hoy es Costa Rica.
Mi madrina nos remite a un mundo rural en el que las cosas no eran como se ha querido sostener, es decir, un paraíso de paz y solidaridad entre campesinos. Al contrario, revela las profundas brechas, y las hondas contradicciones cívicas, políticas y morales que subyacen en la conformación de la sociedad costarricense.
Sugiere Shirley Montero que Mi madrina rompe con el mito nacional, ese que fue gestado a finales del siglo XIX y principios del XX por la oligarquía liberal, y que ya desde la década de los treinta empezaba a resquebrajarse, como afirma Álvaro Quesada en su Breve historia de la literatura costarricense. Ese mito sería cuestionado en la década de los 40, tanto desde el ámbito político (la revolución del 48) como desde el literario (la generación del 40).
Por otro lado, pocas historias en la literatura costarricense son tan entrañables como Mi madrina, ya que, a pesar de que la obra de Calufa se lee casi siempre con resonancias sociopolíticas, es posible rastrear en esta novela un relato íntimo, sumamente personal, a través del vínculo inquebrantable entre Juan Ramón y ña Chon, una relación de apoyo y abrigo mutuo ante el desamparo y la desesperanza.
Hacia el futuro. En algunos casos, lo sabemos, los finales de las narraciones quedan abiertos, pero en otros más bien cierran el horizonte literario del héroe, al anunciar que la “verdadera aventura” apenas empieza, como si las páginas que el lector ha concluido no fuesen otra cosa que un preámbulo sin mayor importancia.
Tal es el caso de Marcos Ramírez y de Mi madrina, ya que, de una u otra forma, se pueden considerar “hermanas”. Quizá la diferencia estriba en que, mientras en Marcos Ramírez las “aventuras de un muchacho” (vistas quizá como intrascendentes) son apenas el umbral a “la gran aventura”, a la vida adulta, los sucesos de Mi madrina, que terminan apenas en el comienzo de la adolescencia de Juan Ramón, crean un vacío sumamente significativo alrededor del cual se tejerán probablemente todos los demás acontecimientos en su vida futura.
Así es, se nos presenta la infancia como el crisol donde se forma todo, el espacio al que siempre volvemos con el recuerdo, con la nostalgia, sabedores de que ahí hemos dejado algo irrecuperable.
Juan Ramón mira hacia el futuro en una tarde soleada, esa misma en que han enterrado a su madrina. El vínculo materno se ha roto.
La casa, que a duras penas daba cobijo, queda atrás y se abre el paso hacia una nueva etapa, signada por la mano del director posada en el hombro del protagonista, como si la madurez significara abandonar el espacio confortable y familiar para ingresar en la institucionalidad estatal.
Sabemos de esa nueva etapa porque fue anunciada desde la dedicatoria por el narrador, quien regresa a su pueblo natal convertido en médico y quien rememora su infancia, una infancia compartida con el lector pero perdida para siempre.
El paraíso perdido. Dice Robert Hass en su poema “El mundo como voluntad y representación”: “' De algún lugar tomamos nuestra primera idea / moral sobre el mundo, sobre la justicia y el poder, / el género y el orden de las cosas.”
El carácter, definitivamente, se forma en la infancia, y el vínculo roto con esta es el mismo que nosotros, costarricenses del siglo XXI, sentimos con un país que soñamos pero que en realidad nunca existió, espejismo que hoy por hoy desaparece, irónicamente, de forma aún más clara, como en aquella tarde soleada.
El autor ha publicado poesía y ensayo. Su libro más reciente es la muestra de poesía costarricense ‘Retratos de una generación imposible’.