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Enfoque

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Solo una vez, por puro accidente, entré en una gallera. Fue en una pulpería en San Isidro de El General. Con unos 9 años y un par de colones en la bolsa iba por todos los confites del mundo. Nadie atendió y cuando la espera empezó a hacérseme eterna (los “milanes” hasta me sacaban la lengua) oí un rumor de voces al fondo, detrás de una pared de tablones con grandes rendijas donde estaban arrimados sacos de arroz, frijoles y maíz y que soportaba una rústica estantería poblada por latas de Cerelac y rollos de papel higiénico.








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