Solo una vez, por puro accidente, entré en una gallera. Fue en una pulpería en San Isidro de El General. Con unos 9 años y un par de colones en la bolsa iba por todos los confites del mundo. Nadie atendió y cuando la espera empezó a hacérseme eterna (los “milanes” hasta me sacaban la lengua) oí un rumor de voces al fondo, detrás de una pared de tablones con grandes rendijas donde estaban arrimados sacos de arroz, frijoles y maíz y que soportaba una rústica estantería poblada por latas de Cerelac y rollos de papel higiénico.
Picado, me asomé por el marco de la puerta y al descorrer una sábana vieja encontré que la parte de atrás de la pulpería era un galpón con piso de tierra, corral al centro y gente alrededor bien achispada. Dentro del pequeño cuadrilátero, dos gallos negros se hacían pedazos con navajas colocadas en sus espolones. Se embestían como por espasmos y en cada asalto uno dañaba más al otro, que saltaba cada vez menos. Hasta que no saltó. Es una imagen que aún me persigue tantos años después. Nadie, por cierto, reparó en el niño intruso que quedó petrificado por sentimientos encontrados: la atracción de la sorpresa y la repulsión de la sangre. Aún hoy, las sorpresas me paralizan.
Cierta vez acompañé a un amigo que gustaba apiarse palomas con un rifle de copas. Por puro gusto. Esta vez tenía cerca de doce años. Recuerdo que fui con él pese a que la idea me desagradaba. Esa tarde de verano debió haberse pegado tres o cuatro palomas. Lo peor de todo fue que en cada acierto celebré su puntería como gran gracia aunque dentro de mí algo se rompía. Me costó contener las arcadas cuando una paloma se resistió a morir y aleteó una eternidad. Ese día aprendí que uno puede ser cruel hasta en un día hermoso. Entendí lo que es ser cómplice y pendejo porque lo fui. ¿Travesura de niño? No: ensayo de adulto. Tenemos la semilla del mal en nosotros y nos cuesta horrores evitar que crezca cuando la oportunidad se presenta. Antes y después todos somos buenos.
En nuestro país el maltrato animal es una epidemia. Los refugios de cuido están sobrepoblados por perros lisiados, pericos quemados y toda una tragedia de animalitos. Quienes los cuidan hacen una labor titánica y desinteresada, poco valorada por la sociedad. Mi admiración a ellos no oculta la gravedad del problema, asunto en el que me asaltan sin piedad viejos recuerdos. Hay que frenar la tortura de mascotas domésticas y animales silvestres. Una campaña permanente a favor del buen trato animal (publicidad y apoyo a refugios y recolocación) es una tarea donde el sector privado, la sociedad civil y el Estado pueden colaborar.
Sin política, solo por humanidad.