Por el “túnel de los sustos” camina estrellando sus cuernos contra las paredes, bramando con enojo y esperando a que abran la puerta para embestir todo lo que se le ponga enfrente.
Su presencia es imponente, pesa 600 kilos y tiene un porte que grita a leguas: “No se meta conmigo que lo mando directico a la Cruz Roja”.
De otro lado, hay un montón de tipos que parecen no estar conscientes del riesgo que enfrentan, pero, en realidad, es precisamente ese peligro desmedido lo que los tiene allí, esperando ansiosos a que salga el astado.
Entre ellos está César Arce, de apenas 18 años y quien ayer tuvo su debut en la “arena” de Zapote.
Dice que las corridas siempre le han llamado la atención, que no tiene miedo, que sus amigos lo llevaron, que su mamá le dio permiso y que espera tocar a, al menos, uno de los 10 toros de la jornada.
Su entusiasmo es tal que opaca un poco su nerviosismo.
Los más experimentados explican que la adrenalina que se vive en el redondel es como una droga.
“Es algo que solo aquí se siente; este es un mundo aparte, los que lo ven por tele o en la gradería no tienen ni idea...”, expresa
Así como Chucky y César hay otros 250 atrevidos y aventureros que en cada corrida de los festejos de Zapote se meten al redondel.
La mayoría son hombres, aunque también hay varias damas
Las edades no importan; los hay desde los que acaban de cumplir los 18 hasta quienes ya cargan 50 años; flacos, altos, bajos y gorditos.
Carecer de buen juicio y sensatez pareciera otro elemento esencial; después de todo, los improvisados hipotecan su vida frente a los cuernos de un animal enfurecido, recibiendo a cambio, apenas, el aplauso del público y –con un poco de suerte– que la televisora le haga una toma mientras saluda a la cámara; así, todos en el barrio sabrán que se metió al redondel.
Las heridas ocasionadas en las huidas o en los revolcones son otra recompensa, pues algunos las ven como trofeos y suvenires.
Este semana, a un improvisado se le debieron dar 25 puntadas en la cabeza y a otro se le desgarró el escroto, por ejemplo.
Al final, lo único que queda es ese sentimiento de aventura, esa sensación de que por unas cuantas horas se rompió con la rutina y se hizo algo muy descabellado.