Ellos están literalmente en la calle; primero, porque es ahí donde trabajan pero, además, porque no los ampara ninguna ley.
Sus jornadas cotidianas transcurren entre momentos apacibles, en los que parece no pasar nada, y súbitas prisas... las que emprenden cada vez que uno de sus “clientes” regresa al auto y se dispone a partir. Es cuando sus piernas alzan vuelo para aproximarse a la ventana del conductor y esperar algo a cambio de haber estado ahí, vigilando.
No siempre hay una recompensa.
El término “guachimán”, un anglicismo adaptado de la expresión (
Lo cierto es que se les ve en todo lugar. Están afuera del estadio, del supermercado, del bar, del restaurante del chino, de las oficinas públicas.
Le guste o no, el tico ha asumido al vigilante informal como un elemento más del paisaje citadino. Algunos conductores hasta los toman en cuenta en su presupuesto al salir de casa, mientras otros se saben mil y una artimañas para escapárseles sin pagar.
La intemperie es su lugar de trabajo, y la lluvia, uno de sus grandes enemigos. “Cuando cae un
Al no ser consumidor del establecimiento cuyos carros cuida, acude al “chino” de la esquina para comprarse la cena, que ingiere de a pocos mientras atraviesa la calle una y otra vez. Así, abriendo y cerrando el recipiente desechable y guardando bocados para cuando haya un momento de “poco trabajo”, son sus comidas todas las noches. Sueña con poder cambiar de oficio algún día y tener su propia soda.
Taylor es otro que come
No es el chaleco reflectivo el que hace al cuidacarros; tampoco el pito o la macana improvisada. “El buen guachimán es el que está en todas, porque no es para cualquiera”. La cita es de Liliana Gómez, quien lleva diez años dedicada a esto.
Como sucede en cualquier ocupación, hay quienes la desprestigian y quienes la ejercen con orgullo del bueno. “Pregúntele al que quiera por aquí, todos le pueden dar recomendaciones mías porque saben que soy buena... Yo estoy
Consultados sobre los peligros que entraña su oficio como cuidadores de carros, los entrevistados para este reportaje coincidieron en que eso depende en gran medida del lugar donde trabajen. Puede ser muy tranquilo o tan riesgoso que hasta se han visto cara a cara con el hampa...
¿Quién tiene cifras exactas sobre la cantidad de vigilantes de carros que trabajan en el país? La respuesta es simple: nadie.
Lo que sí se sabe con certeza es que no hay en Costa Rica un paraguas legal que cubra este creciente negocio, ni desde la acera de los guardianes ni desde la del cliente; y los mismos vigilantes lo tienen muy claro.
Cuatro
José Alberto Cartagena Vargas perdió su nombre de pila en La California, donde se ha convertido en todo un personaje nocturno. Ahí lo llaman
En su vecindario, en Villa Esperanza de Pavas, le dicen
Hace dos años, la extinta banda criolla The Flying Pancake homenajeó al particular cuidacarros al escribir el tema
“La fama” le llegó años después de haber comenzado en el oficio que le da de comer. Hace dos décadas se inició de
“Comencé en esto porque vi que a la gordilla que estaba por aquí le iba muy bien. Ahora, solo matándome me quitan este lugar”, sostiene
Su currículo incluye un puesto de mensajería en una exportadora de yuca, experiencia como empacador en la fábrica Pozuelo y un trabajo en una bananera en Sixaola, el cual dejó “porque hacía demasiado calor”. Considera estar muy viejo para estudiar y dice que el mejor consejo que puede dar a sus amigos más jóvenes es “que no roben y que
De su cuello penden cuatro santos, y aunque él ni sabe cuáles son, les pide que lo acompañen. Las plegarias parecen dar resultado pues –afirma– nunca han abierto un carro en su custodia. “¿Está seguro?”, le pregunto, “sí, no ve que yo espanto ladrones... han querido comprarme con plata para que yo los deje robar, pero no...”, asegura.
Para él, una noche buena es cuando recibe una suma cercana a los ¢30.000. Su madre se queja de que no contribuye económicamente a la casa, pero él añade de inmediato que sus ingresos “apenas le dan para el gasto”.
Su talante se enternece cuando habla de su hija, de 19 años de edad. Ella no lo conoce y él dice no estar preparado para que eso suceda. Domingo a domingo, Taylor se esconde bajo las cobijas de su cama cuando ella llega a su casa a recoger el dinero que él, religiosamente, le deja. “No sé cómo se llama ella, solo que el novio vive por aquí y que estudia en la universidad de Cartago”.
Si pudiera devolver el tiempo, Taylor le explicaría a Roxana, la madre de su hija, por qué él se marchó antes de que ella diera a luz. “Yo no sabía que estaba embarazada, era apenas mi primera novia. Me gané una beca del INA en mecánica naval y me fui a Puntarenas por un tiempo, ella pensó que yo la había dejado botada... a los tres años conocí a la chiquita, pero después de eso no la he vuelto a ver porque no quiero que me haga preguntas”.
A las 3 a. m., Taylor se devuelve a su casa tras siete horas de trabajo. Son cuatro las noches que cuida frente a Area City, los otros días, dobla el chaleco fosforescente y se dedica a hacerle vueltas a los vecinos. “Voy, voy”, dice al cruzar las calles.
Una tarde cualquiera, su hermana le pidió que cubriera a su sobrino donde él cuidaba carros. Sería un favor temporal, solo mientras él se sometía a una terapia para dejar la droga. El tiempo pasó, y Lilliana Gómez Aguilar ya está por cumplir su primer decenio como vigilante de vehículos en la misma esquina de San Juan de Tibás.
Asegura que ya está cansada y que pronto se retirará del oficio, pero reconoce que gracias a este trabajo es que su hija, de 19 años, ha podido ir al colegio. “Soy una mujer sola y lo hago por mis hijos”, explica.
Antes intentó con otros oficios: fue asistente de construcción, salonera, cantinera, despachadora de camiones de carga y ama de casa. En lo que más ha durado es de cuidacarros “Dicen que mis manos parecen de hombre, pero yo con orgullo cuento que jalaba sacos de arena”.
Es fácil reconocerla, pues desde lejos se le ve el porte: chaleco reflectivo, anteojos negros, sombrero y pito en boca.
Su actitud también la hace identificable. Es dueña de un carácter fuerte y no le aguanta nada a los irrespetuosos. “Yo trabajo honradamente y de forma seria; no me importa que me critiquen”, asevera.
Cuando ya entra un poco en confianza, cuenta que el mismísimo OIJ la ha felicitado por apuntar las placas de todos los carros que se parquean en su territorio.
Es así como ha logrado “cantar” a ladrones de artefactos electrónicos robados en las tiendas aledañas.
En su libreta también anota quiénes le pagaron y quiénes se le escaparon sin soltar un cinco. “Al que no me paga, no le veo el carro la siguiente vez, porque aquí llevo el registro”, sostiene.
“Yo sé que la calle es libre, entonces que la gente ponga el carro donde quiera; yo por eso pregunto si quieren que se los cuide para saber si me van a pagar”, precisa.
Lilliana admite ser mujer de reacción. “Si me encuentro a alguien
Lo bueno es que, según recuerda, nunca ha tenido que usar estos artículos, aunque sí ha sido frecuente que pesque “mocosos tratando de dañar carros” y le toca enfrentarlos verbalmente para espantarlos.
La idea de hacerse unos tiquetes con montos fijos le dado vueltas en la cabeza, pero dice no haber tenido tiempo ya que su horario es de mediodía hasta las 11:30 p.m.. A esa hora vuelve a su casa, en Cinco Esquinas de Tibás.
“Sé de otra mujer que cuida carros por aquí cerca; no somos muchas en esto”. Aunque su sueño es hacerse de una casa propia, tiene claro que esa posibilidad es remota considerando que, en un “buen día”, hace ¢8.000 y en uno malo, como ¢5.000. “Es que en esta cuadra mucha gente no quiere pagar”.
Cloy Thompson Thompson es diabético, ha sufrido siete infartos y tiene un catéter en el corazón. A sus 69 años, registra más de 20 años de cuidar carros en el mismo lugar. De sus ingresos comen dos. “Diosito lo tiene con vida porque lo adora”, dice Zulay Pérez, su compañera sentimental y mano derecha en la vida.
Cloy nació en Limón, pero empacó a temprana edad para trasladarse a San José. Tiene 28 hermanos con quienes se relaciona poco, al punto de que no sabe si él es de los mayores o de los menores ya que ni siquiera conoce sus edades.
Es como pudiera despedirse de su pasado con la misma facilidad con que, cada tarde, se aleja de su puesto de trabajo, al costado sur del Parque Nacional, en el mero ombligo capitalino.
A las 5:45 p. m., hora en que el sol comienza a caer y las oficinas cierran sus puertas, Cloy se marcha con Zulay. Ella lo acompaña desde el mediodía, cuando arriba al lugar con almuerzo para ambos. Al final de la jornada, se desplazan en bus hasta Concepción de Tres Ríos, donde residen desde hace casi 30 años.
En 1964, Thompson era futbolista. Jugó con el Club Orión F.C. y la Gimnástica Española; aquí se ganó el apodo de
En 1978, se acercó a la Asamblea Legislativa para encontrar un puesto sin color político. Comenzó lavándole el carro a la secretaria de un diputado; ella lo recomendó a otros funcionarios y así su clientela creció y creció, hasta que sucedió lo inesperado y un día no pudo atender a más...
El expresidente Óscar Arias comenzaba su primera administración (1986) cuando Thompson tuvo un grave accidente mientras cambiaba de lugar la antena de su casa: la corriente eléctrica recorrió todo su cuerpo y, todavía hoy, lidia con las consecuencias de aquel triste incidente.
“Se me
En su oficio anterior, recuerda, le iba mejor económicamente. Aquel giro del destino lo obligó a cambiar de ocupación. Si no hubiera tenido el accidente, sería policía, como dictaba su guion original.
Hoy ni siquiera tiene un carné de cuidacarros y, tras más de 20 años protegiendo vehículos, parece nunca haberlo necesitado. “Me gané este espacio por la honradez. La gente me admira por eso”, comenta. “Aquel carajo de allá (lo señala) pretende meterse en mi espacio; si quieren quitarme el campo, yo le hablo al guarda de la Asamblea y ya”.
Su cuadra está demarcada por una línea amarilla que indica que es una zona no autorizada para parquear y, a veces, se asoman policías de Tránsito “cuando se les mete el agua”, agrega Cloy. “Sí, los clientes saben que hay línea amarilla, ellos se la juegan”.
Thompson se cambia de banca a lo largo del día, casi siempre al ritmo del sol, pues persigue la sombra de los árboles más densos. En cada movimiento, lleva consigo su esponja cubierta por una bolsa plástica, con la que acolcha la superficie antes de sentarse. Solo se levanta para cobrarle a los clientes.
“Vea, me dio un colón...”, dice con desgano, mostrando una moneda de ¢100 que le acaba de dar un cliente. “¿Hay que darle vuelto?”, le pregunta a otro, tras recibir un billete de ¢1.000. Al rato, llega Zulay y lo invita a dejar el puesto por unos minutos para almorzar en pareja.
Nunca se casaron, pero ella no se desprende de él: “Yo me dedico a chinearlo, él es mi bebé ¿verdad?”, le pregunta sin esperar respuesta. “Lo visto, lo baño, le hago la barba, le corto el pelo y le doy la insulina para que pueda estar puntual, a las 6 de la mañana, aquí en su trabajo”.
En las paredes de su pequeño pero acogedor apartamento, en El Rodeo de Coronado, quedan pocos espacios vacíos. Los adornos y artículos
Él afirma no ser coleccionista. Según cuenta, muchos de los objetos son regalos de algunos clientes durante sus diez años de cuidar carros.
En su sitio de trabajo, frente a la Antojería Mexicana, en Moravia, conocidos y hasta extraños lo reciben a diario con muestras de cariño. Una conversación con él se interrumpe cada vez que alguien pasa pitándole o le pide con voz fuerte que grite algo: “¡Adiós
Pocos en la calle conocen su nombre de pila: David Ahías Fernández. Se ganó sus apodos
Sin mucho pensar en razones, el particular guachimán justifica el afecto que le prodigan en el hecho de que él se presenta tal cual es: “alegre y sincero por naturaleza”. Por el motivo que sea, hasta en Facebook tiene un grupo de seguidores.
No usa chaleco reflectivo porque prefiere verse –precisamente– exótico. Cuando hace frío, se pone un gorro de lana y abrigo grueso, pero cuando llega la lluvia, “es terrible... usted no sabe”.
En su bolso lleva bloqueador, perfume y un
Su horario se extiende de martes a sábado, desde el mediodía hasta eso de las 9:30 p. m., hora en que la clientela se esfuma con el cierre del restaurante. En una buena noche, dice ganarse como ¢30.000 y, según cuenta, en Navidad algunos clientes se ponen dadivosos y hasta le dan un remedo de aguinaldo.
“Hace varios meses me divorcié de mi mamá y mi papá”, revela quien vivía con ellos en Ipís de Desamparados. “Es que ella estaba muy regañona. Mantenemos una muy linda relación”, asegura. Ahora vive con su pareja en un apartamento de madera, en las apacibles montañas coronadeñas.
Los “100 metros” frente a la Municipalidad de Moravia no tenían “dueño”, así que
“Aunque me levante enfermo, trato de venir. En los últimos cinco años he faltado muy poco porque esto es mi deber. Yo pago luz y alquiler, y debo ser responsable. Este espacio es mío y si tengo que pelearlo, lo peleo; sé que la gente también me va a defender”.
Asegura tener pocos detractores y poder caminar con la frente en alto. “La gente se admira de que un gay cuide carros; yo, por dicha, no tengo enemigos; más bien, he conocido muchas personas lindas que vienen a pedirme consejos”.
¿Y cuando alguien no le paga? “No pasa nada; me pagará la próxima vez que venga”.