Cuando el cansancio se cuela hasta el alma, la mente se desasosiega aun en sueños y el cuerpo ya no da sino para hacer lo mínimo superviviente, el único descanso posible es el paraíso.
No me malinterpreten, no estoy decretando pequeñas muertes cotidianas, o la definitiva, sino todo lo contrario: una resurrección celestial.
Urgente para resucitar: cambiar de sintonía todos nuestros sentidos. No es permitido dejar ni uno solo de los cinco en ondas estresantes. Solo así podremos acceder a que la naturaleza nos sorprenda en cada diminuto trazo y que se nos revele el trato de seres humanos excepcionales.
En ese estado, descubrí aves de inconcebible color turquesa con nombres mágicos como Tangara cuellicastaña; flores que se chupan para curar dolores; viajes a horcajadas sobre árboles centenarios, y el silencio agujereado de flautas sutiles.
El oído interior tiene vericuetos desconocidos que solo pueden transitar picos de ave o ancas de ranas. La pupila es susceptible de esquinas nunca visitadas cuando llegan a ella fugaces visiones de vuelos de soslayo. La nariz está en capacidad de asir aromas inéditos cuando ese oído, y esa pupila, le enseñan el camino de corolas nocturnas. Es entonces cuando la piel entera se dispone a distenderse y el gusto se rehace porque en él escoran todas esas sensaciones inéditas, una por una.
Eso aconteció en Villa Blanca: la vuelta al revés de todo el ser, o al derecho.
Villa Blanca es un paréntesis ecológicamente sostenido donde guías sabios te llevan a través del silencio de los ángeles: nuboso y colibrí, arbóreo y epífito, telaraño y rano-concertista, cabalgando sobre cúpulas verdes, entre jirones de lluvia o rayos de sol colados, a lomos de caballo o en medio de trinos de las aves más variadas que he visto en los últimos años, verdadero catálogo digno de la asesoría del sabio Alexander Skutch; para cobijarse luego a la lumbre en cabañas de ambiente rural de principios de siglo XX, con capilla nupcial montañesa, visión de volcán Arenal en la mañana fresca, casa-hacienda solariega con agasajos al paladar de nouvelle cuisine tico-ramonense-peruana, y un spa con todos los masajes imaginables. Y la gente allí: su naturaleza humana no le va a la saga a la otra naturaleza. Tal para cuales: entorno y gentes. No hace falta recetarse la soledad de los ermitaños ni el silencio de los monjes cartujos, o la disciplina espartana de los yoghis, para alcanzar aquí todas los premios que ellos ganan tras su ardua disciplina; la paz y el descanso encontrados resultan epicúreos: silencio salpicado de pequeños seres de bosque nuboso, calma de hace cien años, experiencias de naturalista delicado, de recopilador de historias vernáculas o tradiciones, de un spa en la cima de la montaña y de descubrimientos culinarios.
Villa Blanca no es para el turismo masivo; sí para el selectivo.
Cuando atrás el mundo estallaba en pedazos en Londres y un cometa era blanco negreado por bravuconadas siderales, este sitio solo puede suceder en Costa Rica.
Quizás algunos de ustedes lo conocieron antes en ese mismo regazo en las laderas de San Ramón, como propiedad de los Carazo, el conocido expresidente don Rodrigo y su estelar doña Estrella. Ahora cambió pero lo entrañable de ellos no se pierde pues se profesionaliza, como si le hubiesen lavado la cara con aires mundanos, renovándolo en su esencia. Una interpretación de la identidad costarricense dosificada con gusto sobrio en lo visible, audible, olfateable, tocable y en lo comestible.
El credo de Damalas. El remozamiento total del sitio lo ha hecho en un lapso de incesantes y laboriosos seis meses junto a todo el personal, Jim Damalas, el empresario hotelero con espíritu de árbol -escojan entre un Tom Bombadil de origen griego o un elfo estadounidense-: a su bosque trópico húmedo de Quepos, del hotel Sí Como No, le suma ahora un hotel con bosque nuboso, en Villa Blanca Cloud Forest, en Los Ángeles de San Ramón de Alajuela.
En ambos, el concepto de la conservación del ambiente es acto consumado a todas horas. Aquí la luz, el agua, el aire, la cocina, el lavado, las legumbres y frutas, se utilizan para producir el mínimo, por no decir el cero impacto sobre el ambiente.
Tanto se está logrando en este sitio, que la naturaleza se manifiesta recuperada y agradecida: un ornitólogo dijo recientemente haber observado allí especies antes desaparecidas, que ahora retornaron...
Para Damalas, la conservación no es un desgastado lugar común sino un lugar poco común digno de los mayores cuidados para no desgastarse.
Sus hoteles son dos de los únicos cuatro en el país en lograr el máximo puntaje en Certificado de Sostenibilidad Turística, que otorga el ICT.
Convencido del potencial del país
Jim Damalas: "El concepto de Green Hotels, que incluye a Villa Blanca, a Sí Como No y al tercer hermano, que es Águila de Osa, en Bahía Drake, es la de conservación y hospitalidad. Podemos encontrar éxito en hoteles causando el mínimo impacto en la naturaleza ycontribuimos a la comunidad con mejores posibilidades de empleo.
"Usamos trampas de grasa en la cocina y todos los productos de limpieza son biodegradables, sin químicos. Así, las bacterias naturales vuelven a eliminar los desechos en un proceso orgánico natural. También en el uso de energía sustituimos en lo posible la electricidad.
"Los empleados tienen el mismo valor que los clientes. Su opinión es de gran valor. El ecoturista es un tipo de cliente muy distinto al turista normal; es más selectivo y, para atraerlo, hay que preservar no solo la naturaleza, sino la cultura de las comunidades".
Un recorrido con ocho estaciones
Primera estación: Lo sostenible allí se apoya en su personal: seres que emanan paz interior, alegría serena y lo transmiten con natural deferencia, como quien quiere de verdad hacerte sentir no solo bien, sino feliz. El 90 por ciento es de la zona de San Ramón y se identifica plenamente con la filosofía del hotel: la conservación de la naturaleza y la integración a la comunidad.
Segunda: El turismo ecológico se ha convertido en moda sustentada sobre una fortaleza nacional pero pocos tienen la sabiduría de asumirlo con verdadero sentido conservacionista. El peligro es matar la gallina de los huevos de oro. La filosofía de Villa Blanca se basa en la conservación y en el apoyo en la comunidad. Los tours son para grupos pequeños y esto se respeta.
El bosque nuboso corresponde tan solo al 2,5 por ciento de los bosques del mundo, por lo cual es tan valioso. Cada árbol ahí es un ecosistema en sí. Se organizan caminatas diurnas o nocturnas, con senderos que en octubre próximo contarán con puentes colgantes y plataformas de observación. Hay también un tour para observar el quetzal en una finca privada, y secreta, en las cercanías.
Tercera: La integración con la comunidad es una de las fortalezas del proyecto. Se ofrece un tour histórico cultural al centro de San Ramón, que permite a los visitantes conocer episodios trascendentales de la historia del país, como la Guerra del 56, la participación de las mujeres ramonenses en esta gesta, o la trayectoria de los presidentes nacidos en ese cantón: Julio Acosta, Francisco J. Orlich y José Figueres Ferrer. Visitan el Museo José Figueres, la iglesia, el parque, el Museo de San Ramón, y el mercado, donde interactúan con la gente y adquieren productos populares en los tramos. Incluye también una visita a un trapiche ecológico en La Paz. De vuelta pasan por la zona de Bajo Zúñiga, donde observan los cultivos orgánicos.
Cuarta: Largas cabalgatas a caballo por el bosque nuboso, y un emocionante canopy entre los árboles, forman parte de las actividades posibles. Es tan seguro que se pueden dar vueltas y ponerse de cabeza en algunos trayectos.
Quinta: Masajes terapéuticos, relajantes, embellecedores, en un acogedor spa, o clases de yoga, son parte del relax en aquel paraje.
Sexta: El restaurante El Sendero ofrece un suculento menú deliciosamente creativo a base de ingredientes naturales de la zona, lo cual lo ubica en la nouvelle cuisine costarricense.
Sétima: La capilla mariana que dejaron los esposos Carazo, tapizada de mosaicos que ilustran la devoción a la Virgen María en Latinoamérica, es idónea para bodas, eso sí, de no más de 60 invitados.
El hotel consta de 34 cabañas, entre ellas cinco de lujo y cinco para luna de miel, y pronto contará con un cine-teatro. Para incentivar el turismo nacional, hay descuentos en las tarifas de las comidas.
Octava: Villa Blanca realiza un programa de educación ambiental para escuelas públicas rurales. Invitan a los niños y les hacen tours guiados, plenos de datos científicos, les dan alimentación y luego los pequeños reflejan la experiencia mediante redacciones.