
Nueva York. EFE Elogiosas críticas, un éxito de público en Uruguay equiparable a las grandes producciones de Hollywood y un recorrido sin fin por grandes festivales, es parte de lo que Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll han logrado con su película Whisky.
Reconocen que lo que buscaban antes que todo era hacer una cinta que les gustara y con la que se sintieran conformes con ellos mismos. "En Uruguay se hacen tan pocas películas que, cuando tienes la oportunidad de hacer una, más vale que hagas una que te guste", señaló Rebella en entrevista.
Ambos directores se encuentra en Nueva York para promocionar Whisky, su segunda cinta tras 25 Watts , que es la pieza central del festival Global Lens, que organiza el Global Film Initiative y que culmina el próximo 18 de marzo.
"Sabíamos que la película no era un negocio, porque aunque conseguimos algo de dinero, no es para hacerse millonarios, sino más que nada para sacarse el gusto", explicó Rebella a la prensa.
Whisky es una cinta muy poco común en la cinematografía latinoamericana, llena de silencios y sutilezas, con unas actuaciones y una puesta en escena muy contenidas que apuntan a lo que los directores llaman "efecto iceberg", donde lo más importante no ocurre en la superficie, sino fuera del cuadro, en lo apenas insinuado por un impecable elenco de jóvenes artistas.
Lejos de alejar al público, este estilo parco, el humor un tanto absurdo y sobre todo su enorme sensibilidad le han permitido a esta cinta cosechar premios internacionales (entre ellos el Goya de España y el premio de la crítica en Cannes) y atraer importantes audiencias en sus estrenos comerciales en España y Francia, entre otros.
Whisky narra la historia de Jacobo (Andrés Pazos), el dueño de una decadente fábrica de medias que al enterarse que su hermano Herman (Jorge Bolani) le hará una visita, convence a una empleada (Mirella Pascual) para que se haga pasar por su esposa