
Aunque el referente inmediato y más potente sea el espectáculo producido por el grupo británico Stomp, esto es otra cosa. La propuesta de los argentinos de Choque Urbano solo podría ser comparada en cercanía a la británica en que los sonidos surgen de la percusión que se realiza sobre una gran cantidad de “chunches”, para expresarlo muy en tico.
Al elegir la palabra “chunche” estoy siendo absolutamente consecuente con nuestra idiosincrasia y facilitando la comprensión de un fenómeno que no nos es ajeno como el de los ruidos producidos por los “chunches” que llenan los espacios que habitamos.
Es el “chunche”, además, como objeto en aparente desuso, sin utilidad alguna y en muchos casos estorbando a los demás objetos con dignidad práctica. Es el “chunche” como desperdicio.
El grupo argentino El Choque Urbano nos recuerda en evidente y estruendosa manifestación que la ciudad y sus habitantes, es decir, nosotros el público sonriente, producimos toneladas de desechos acompañados de una impresionante cantidad de ruido. Cochinos y bulliciosos somos, sería la conclusión. Sí, pero artísticos si se quiere y si se puede, también.
Del caos auto-provocado, de ese gigantesco monstruo citadino que nadie puede controlar ya, surge la posibilidad de una apreciación estética llena de reflexiones y estimulantes situaciones cercanas al paroxismo en frenética ascensión. Este grupo no podría tener mejor nombre. Ellos efectivamente son un choque a los sentidos.
De los tres espectáculos que he visto, perfilados en esta línea de hacer ruido-música con los objetos del desecho urbano, el de los argentinos ha sido el más violento y contundente en agresión sonora.
El director musical y arreglista del grupo, Santiago Ablin, sorprende por su capacidad de producir una epifanía, gloriosa y escandalosa pero a la vez cautivante en su brutalidad sonora, con simples y comunes trastos, ollas, estañones y otros desechos o elementos, incluyendo el cuerpo humano utilizado como caja de resonancia o cuero percutivo.
Desde luego, como en el espectáculo génesis del grupo Stomp y todos los demás que han surgido por esa línea, la coreografía es el complemento natural en la partitura de Santiago. En ese aspecto, hubo sincronía entre la acción percutiva y el gesto corporal. El diseño del movimiento grupal aporta la locura extra que, ya de por sí, los sonidos contienen y que, con el efecto del movimiento agregado, aumenta hasta dejar clavados en sus butacas al público que, por lo que puede observar, ni se atrevía a seguir el ritmo propuesto. Así de impactante resultó El Choque.
Fue necesario, en este sentido, llegar al final del espectáculo para que los argentinos guiaran a la audiencia en una improvisada y espontánea creación colectiva. Transformación del concepto pasivo, superación del terror-pánico al ridículo que tanto nos obsesiona y, finalmente, confirmación del poder lúdico del juego, del simple juego con el propio cuerpo. Como lo hacíamos antes, cuando niños, cuando jóvenes en franca exploración.
La inclinación a crear caracteres o esbozar tipos de personajes urbanos no es mala idea; sin embargo, el abuso de la mueca clown o payaso me llego a hartar, considerándola innecesaria, más bien dispersante. No así el humor que se manifiesta a lo largo de todo el espectáculo y que llamó a la sonrisa inteligente.
Los cambios de luz fueron básicos, el sonido considerablemente elevado y la energía desbordante a punto de pánico, por lo que sospecho que la corta duración del espectáculo, una hora, es lo mejor que le pudo suceder a nuestros sentidos, trastornados por el choque.