
Londres. EFE La nueva producción de Jenufa , de Leos Janacek (1854-1928), que acaba de estrenarse en la English National Opera (ENO) de Londres, es un prodigio de interpretación, según dictan de forma unánime la crítica británica y un público entregado al poder de la música del compositor checo.
La ENO, especializada en óperas en versión inglesa, con independencia del idioma original, sorprende por sus arriesgadas apuestas, la calidad de sus intérpretes y de sus puestas en escena y la absoluta dedicación de la audiencia.
Jenufa es una muestra más de ello: pocas veces se da en una ópera tal conjunción de calidad de actores e interpretación musical como en esta producción, que debe tanto al pulso escénico de David Alden como a la sensibilidad de la batuta del maestro Mijail Agret, del teatro Mariinsky de San Petersburgo.
Pocas óperas tienen un potencial emocional como Jenufa , historia de infanticidio en un opresivo medio rural basada en una obra teatral de la escritora Gabriela Preissova, que escandalizó en su día a la sociedad checa. Una joven, Jenufa, que da a luz sin estar casada, una madrastra que la oculta mientras dura el embarazo para no exponerla a la vergüenza pública y que, tras dormirla con una pócima, mata al “hijo del pecado”, como se decía entonces, y una escena final de redención y perdón, son los elementos de ese drama profundamente naturalista.
Janacek se interesó por la obra de Preissova tras verla representada en Brno. La composición de Jenufa coincidió también con un drama personal: la enfermedad y muerte en 1903 de la hija del músico, Olga, tras una desgraciada historia de amor no sin paralelismo con la de su heroína.
Jenufa se estrenó con gran éxito en Praga en 1916 y luego en Viena, Colonia y Berlín; una ópera a la que en la versión de la ENO prestan sus excelentes voces la soprano Amanda Roocroft (Jenufa), la estadounidense Catherine Malfitano (su madrastra, Kostelnicka), el tenor británico Charles Clarke (Steve, el que seduce y abandona) y el australiano Stuart Skilton (Laca, hermanastro de Steve).
El escenógrafo ha trasladado la acción desde el molino original a una especie de fábrica de la Europa del Este comunista, lo que, si bien extraña un tanto, no distrae en ningún momento de la fuerza declamatoria de los intérpretes ni de la extraordinaria calidad lírica y expresiva de la música de Janacek.