Sin saber que moriría siete meses y 22 días después, Víctor Vega reunió en su casa a un grupo de amigos el sábado 4 de enero del 2003, para un
Sin embargo, nos conocíamos desde 1982, cuando me llamó al periódico en el que yo trabajaba para darme la noticia de que había instalado formalmente su primera productora, la mítica Kiné.
Vega fue el niño terrible de su generación y poseía un magnetismo personal del que era imposible abstraerse. Sin importar que fueran músicos, actores, directores, productores, políticos o simples amistades, atraía a los demás. Conocía a todo el mundo y todos lo conocían a él.
Guardaba como amigos a algunos de sus antiguos compañeros del Centro de Cine, como Antonio Yglesias y Carlos Freer, y ejercía un magisterio extraoficial entre los cineastas jóvenes.
Los nicaragüenses lo consideraban uno de los suyos y lo apreciaban como uno de los fundadores de su cinematografía. Su casa del barrio La Paulina, camino a Sabanilla, en San José, reflejaba la evolución cambiante de sus intereses.
Los cuadros y los afiches en las paredes se abrían campo entre una infinidad de cedés, casetes, devedés, libros, recuerdos de campañas de publicidad, tumbas, bongós y otros instrumentos de percusión.
En ese inolvidable retrato íntimo de la prostitución en San José, un camarógrafo entra a cuadro y se acuclilla frente a la muñeca rota que será el
No hay duda: es él. No lo vemos, aunque reconocemos su silueta y el rostro apenas insinuado en el contraluz:
“Con el pucho de la vida apretado entre los labios...”, canta el salsero puertorriqueño Ismael Miranda como fondo de la noche quemada por los fluorescentes.
Los testimonios transcurren en la atmósfera de confianza que les permite a las prostitutas referirse amigablemente al entrevistador como
Sin duda, Víctor no pasaba inadvertido: se lo amaba o se lo rechazaba con la misma intensidad. Los que trabajaron con él pasaron de un sentimiento a otro a lo largo de una relación turbulenta y al final de la vida –de su vida– terminaron aceptándolo como era.
Aquella tarde de enero, Víctor se mostró ávido de recordar y echar la moviola hacia atrás. No era un hombre muy comunicativo, sino de opiniones contundentes, a menudo chispeantes y lúcidas. Se sentía estimulado por la complicidad que circulaba en el ambiente.
La fiesta se había dividido en varios grupos que parloteaban al unísono, y Víctor deambulaba entre ellos con la inalterable serenidad que le otorgaba su reciente enfermedad, que lo dejó delgado y ligero de conciencia.
Carlos Freer se instaló macizamente en un lugar estratégico, el bar, y no se movió de ahí hasta que la última gota de
Víctor se dejó atraer hacia el bar y yo me percaté de que aquella típica tarde del típico y esplendoroso verano centroamericano, en el que los celajes redefinían, en filamentos deshilachados, la línea del horizonte, era el momento propicio.
No recuerdo quién comenzó hablar, si Antonio Yglesias, que tiene una voz que se hubiera deseado Orson Welles en sus tiempos de actor radiofónico, o el propio Víctor, pero ambos nos sumergieron poco a poco en la película en rojo y negro de la revolución sandinista.
En 1978, juntos filmaron un documental que sigue siendo un hito en el cine centroamericano,
Víctor filmaba absorto la discusión entre el comandante sandinista y los sobrevivientes de la Guardia Nacional que se negaban a aceptar la caída de Somoza. El guerrillero se impacientó y les lanzó de vuelta una ráfaga de hijueputazos.
Como reacción, un silbido desgarró el aire y segundos después estalló el estruendo de la carga del mortero, que salpicó de tierra a los combatientes y produjo un cráter aún mayor. Víctor se lanzó de panza en el agujero abierto y se aferró a la cámara.
El cañoneo furioso se reanudó y luego se hizo el silencio. Del lado enemigo se oyó una voz que decía: “Mirá, piricuaco, decile al Mickey Mouse que se agache, que se lo van a plomar”. Al final del día, los somocistas se rindieron y terminó la guerra. “Mickey Mouse” no dejó de filmar.
En su última fiesta de Año Nuevo, Víctor Vega siguió relatando anécdotas durante horas hasta que se ocultó el Sol y terminó aquel viaje de desmemoria de una larga tarde hacia la noche. Todavía me parece estar oyendo las descargas de su risa y su voz, profunda, un poco ronca, sinuosa e inevitablemente irónica.