Maravilla ese cuento para adultos con moraleja en boca de niños, de Hans Christian Andersen: ¡con vivencia y vigencia y por tanto independiente de tiempo o lugar! De hecho, el relato remonta a siglos antes del danés. Perfectamente aplicable, en idea central, para desenmascarar falsedades. En la versión de hace como quinientos años, la hipocresía era aquella de “limpieza de sangre”; ahora se le puede ver aludiendo a recientes elecciones en un país que debería nortearse respecto de ciertas prendas.
Cómo no, los asesores del “emperador” en el cuento lo adularon y adularán. El problemita es que el “traje” ese que le pusieron, detrás de ropajes legales, no deja de poner en evidencia desnudez en legitimidad. En la ciudad esa, donde transcurre el relato, según Andersen, “llegaban muchos extranjeros”, lo cual puede leerse como que se permite confrontación con el exterior, sobre idénticos criterios de sastrería, con opinión calificada de observadores.
Pero en este caso tropical, ¿quiénes son los “dos truhanes que se hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas”? Desgraciadamente uno de los embusteros es un cardenal, que debería ajustar ciertos puntos cardinales... El otro truhán preside un concejo al cual le convendría más de un consejo... ¿Todo será permitido en este país de lagos... y lagunas, de diversa índole?
Sigue el cuento: “No solamente los colores y los dibujos eran hermosísimos, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente tonto”. Cómo no, todos nos consideramos aptos e impolutos.
¿Verdad que es una tela bonita? –preguntaron–. “Yo no soy tonto –pensó aquel–, y el empleo que tengo no lo suelto.” (') Todos los de su séquito miraban y remiraban, pero ninguno sacaba nada en limpio”; no obstante, a pesar de puntadas invisibles e irregulares, todo era exclamar.
Pero, ¿cuál sería la tela, en la aplicación regional? Democracia, se llama. Y sigue la lectura aplicada: “Uno creería no llevar nada sobre el cuerpo, mas precisamente esto es lo bueno de la tela”. La democracia, llámese con los adjetivos que queramos, obedece a hilos y flecos acordados de antemano, muy visibles justamente, en una confección sólida a la que suelen llamar “Constitución”. Ese traje, cabe cuidarlo, conservarlo.
En cambio, vea esa camisa desechable, que lleva el ejecutivo: ¡solo para parrandear delante del espejo! Saco roto es, en el que no se distinguen las partes constituyentes. Manga por hombro, da igual, en este caso: pura bolsa donde cabe hasta lo legislativo y lo judicial. No se distinguen ni se complementan las partes. No importa, dicen esos nuevos genios en corte y confección, porque son solo muestras en el mismo botón. Puro paquete.
Desde luego, cambia la moda, evoluciona el gusto, pero los principios del vestir ciudadano no: sobre eso están de acuerdo, tirios y troyanos y hasta en el madrileño Corte Inglés donde, sin hilachas de duda, también se acaba de constatar mayoría absoluta, en escogencia popular... Pobre Montesquieu, sastre universal, si viera el show que hacen durar: en cueros quedó el personaje.
Siguen desfilando los corifeos de turno: “¡Qué precioso, el traje nuevo del emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué hermoso todo!” En el cuento, un niño, espontáneo, auténtico, como quien dice... pisa la cola: “¡si no lleva nada!”. Y ojalá, en ese país también de volcanes, explote alguno, termine pronto esa burla lo mismo que en el relato: “¡Si no lleva nada! –gritó, al fin, el pueblo entero–”.
Solo que hasta un insulso observador internacional aplaudió al dictador redivivo señalando que en ese país “avanzó la democracia y la paz".
Pobres hermanos, al norte, que van de de Scila a Caribdis.