Empecemos por lo obvio: Charlie Sheen se interpreta a sí mismo cuando es Charlie Harper en Two and a Half Men. Vamos a lo menos obvio: Charlie Harper tiene tras de sí a un equipo de escritores que lo salva de los estropicios que padece la vida de real de Charlie Sheen.
Por eso, Charlie Harper sale bien librado de sus tortas, las borracheras no le pasan facturas en el rostro, no lo despiden del trabajo, no arremete contra sus parejas, su promiscuidad no le deja ni una infección urinaria y las referencias a las drogas se manejan con pinzas.
Borracho, parrandero y jugador, una suerte de Juan Charrasqueado de Malibú, el Charlie de la tele toma prestado el carisma del Charlie de Hollywood y ahí se funden en uno solo.
“La mayoría de mis cosas parecen mentiras, pero todas mis historias son verdaderas, y ese es el problema”, contó Sheen en una de las tantas entrevistas concedidas en la vorágine de los dos últimos meses.
No por nada los productores de CBS le pagaban a Sheen sin chistar $2 millones por capítulo; por algo, millones de personas se sentaban, semana a semana, a ver cuál era la última extravagancia del compositor de jingles; por alguna razón, las repeticiones de los capítulos seducen como la primera vez...
Todos queremos a Charlie y le envidiamos la casa en la playa, las espectaculares mujeres, el dinero a raudales que posee y ese ángel que le permite seguir por esta vida sin daños aparentes (bueno, le han dado un par de buenos mecos pero eso es un detalle menor) y hasta su sentido de entender la vida.
No hace falta ser un miembro de la Liga del Cromosoma Y o “tirárselas” de ser un macho alfa dominante para carcajearse con Charlie Harper.
Tampoco hace falta ser una sometida cabezahueca para divertirse con el compositor de jingles más alcohólico que se haya visto jamás.
Al final de cuentas, en un sitcom todo pasa por la risa, y Two and a Half Men es una de las comedias más divertidas de los últimos años.
Es una pena que perdamos a Charlie Harper, porque todo indica que el camino de su alter ego va por otro lado, solo porque no pudo controlar sus adicciones, su lengua y sus impulsos.
La serie sin Charlie en la piel de Charlie no parece tener futuro: el relevo se parece a un intento de salvar el barco.
Aunque el ensamble de actores es de lo mejor que se haya armado, el eje era Sheen. Y punto.
Por más tipazo que sea, Ashton Kutcher tendrá que resolver cómo sustituir, con su propia fórmula, a ese componente de tipejo que solo los dos Charlies tienen (tal vez, solo Robert Downey Jr.el de Iron Man, pueda estar “taco a taco” con Sheen, pero se reformó).
“El amor no es ciego, es retardado”, una de las tantas sentencias pronunciadas por Charlie Harper que de tan profundas que sonaban hicieron, una vez, exclamar a Jake Harper (el medio de la serie): “Uncle Charlie is a genius!” (¡Tío Charlie es un genio).