
Con cuidado, al igual que en un delicada cirugía, Miguel raspa la pintura. Debajo de un blanco sucio aparece un rojo desteñido; ¡crsh, crsh, crsh!, después otro ocre; ¡crsh, crsh, crsh!, por último, ¡lo que buscaba!: la capa original de pintura de uno de los adornos de la escalinata del Teatro Nacional. Miguel raspa, pero no escucha el ruido.
Hace cuatro meses, él y otros seis jóvenes sordos apenas si conocían el centenario inmueble; hoy, y día tras día, le descubren sus secretos los escondidos tras varias capas de pintura de todos colores y reparan las heridas propias de su edad.
Ellos conforman un pequeño batallón novato de restauración, bajo la tutela y el torrente de conocimientos de Carmen del Valle, la restauradora española encargada de los trabajos de ese inmueble.
Michael, Emilio, Allan, José, Miguel, Víctor Hugo y Juan Carlos integran Penetrando en el color a través de la magia del silencio , un programa nacido en el Teatro Nacional y secundado por la Oficina de la Primera Dama de la República y el Ministerio de Trabajo.
¿En qué consiste su trabajo? En restauración, contesta Del Valle, es decir en encontrar la pintura original de las paredes y adornos de las escalinatas, en poner agua de acuarela en algunos sitios, en identificar el "falso oro" y reconocer daños.
"Ya he trabajado con sordos. Son personas muy sensibles que han desarrollado mucho su sentido de la vista y las destrezas manuales. A ellos no les molesta el ruido y tienen un poder de concentración muy grande", comenta la restauradora, de quien surgió la idea y se la sugirió a Graciela Moreno.
La escogencia de estos muchachos no tuvo nada que ver con la casualidad, ni el "pobrecito". Se realizó un estudio para averiguar cuáles jóvenes tenían interés en el arte, experiencia y destreza en el trabajo manual y, además, tenían edad para desempeñarse con responsabilidad.
Este grupo fue el elegido y, a la vez, el interesado.
Desde el silencio
Algo apenados y a través de su lenguaje de señas, los jóvenes cuentan que al principio no sabían muy bien de qué trataba el trabajo: unos creían que era facilísimo, otros que sería duro; ninguno acertó, pues la labor requiere mucho esfuerzo, pero se llega a dominar.
"Aquí se habla de arte, de historia, de técnicas de restauración, cómo hacer ciertos trabajos y se enseña responsabilidad y puntualidad. También ellos hacen ejercicios de dibujo y de observación", detalla Carmen, quien además de la jefa se ha convertido en una especie de maestra.
"Esto es como una universidad. Aprendo de muchos temas, me lleno de conocimientos y descubro cosas que no imaginaba", dice Allan, quien al llegar a este proyecto ya dibujaba bien, pero nunca había manejado un bisturí.
"Es un trabajo muy difícil, muy delicado. A mí me costó mucho aprender, pero me ha enseñado mucho, tanto que espero algún día convertirme en restaurador", agrega emocionado Michael, quien habla bastante bien porque su mamá se empeñó en enseñarle.
Y es que más que un trabajo, esta restauración se ha convertido en una capacitación, en la cual Carmen se ha tomado el tiempo de explotar y encaminar las habilidades algo estancadas, según confiesa de los jóvenes.
El camino ha sido largo y todo ha progresado a paso lento, poco a poco, subraya Emilio. "Uno aprende qué hacer y qué no", afirma este estudiante de ingeniería de sistemas. Emilio tenía conocimientos de dibujo arquitectónico ya que su padre es delineador.
Para Miguel, el proceso de aprendizaje ha sido fuerte pero muy satisfactorio. Él aprendió ebanistería en el Colegio Técnico de Calle Blancos e incluso estuvo a punto de convertirse en profesor de otros muchachos con discapacidad. No obstante, asegura que no sentía que supiera lo suficiente para asumir ese reto y que, además, ese oficio le parece demasiado repetitivo.
"Uno aquí aprende a ver las cosas diferentes. Y es un buen proyecto", expresa, con sus manos, Miguel.
Entre gestos llenos de convicción, José manifiesta que ellos aprenden ebanistería, pero poco, en cambio allí se enriquecen en muchos otros campos.
Tras cuatro meses de trabajo, de 8 a. m. a 5 p. m. y mucha reflexión acerca de lo que hace, ya Carmen se atreve a decir que los jóvenes tienen "buena mano" para la restauración.
Para llegar a ello, los siete jóvenes han debido aplicarse: contemplar al imponente teatro con cuidado, aprenderse sus formas y dibujarlas en el papel y observar siempre, no solo mirar.
"Nosotros estamos acostumbrados a ver con más atención ya que no podemos oír. Así que este trabajo nos ha caído muy bien", añade Allan. "Sí, vemos con más atención y somos buenos con las manos", agrega Michael.
Por un futuro
¡Vivan los sueños! Si en algo les ha ayudado esta labor a los siete muchachos es a soñar. Curiosamente, los siete se quisieran convertir en restauradores.
Bueno, cuando se ponen un poco más realistas, los jóvenes afirman que este es solo un paso más para tener un buen futuro.
¿Y en qué consiste ese futuro? Para Michael es estudiar en Bellas Artes, para Emilio convertirse en ingeniero en sistemas, para Miguel ser futbolista, para José llegar a electricista y para Allan estudiar dibujo arquitectónico.
"Es luchar y luchar para nunca rendirse", dice en señas uno; mientras otro agrega: "Los sordos queremos avanzar más que los oyentes". Y Michael concluye: "La restauración nos ha enseñado que por difícil que sea algo, uno siempre puede lograrlo".
"Un discapacitado tiene enormes posibilidades de hacer un trabajo realmente importante como este, que ayuda a conservar un edificio que es patrimonio de los ticos. Trataremos de absorber este proyecto y que, a través de su esfuerzo, podrán convertirse en ayudantes de restauración", comentó Graciela Moreno, directora del Teatro Nacional.
No obstante, esta ilusión requiere de dinero y un apoyo tangible de las instituciones involucradas, dice.
Allí, en el andamio de cinco pisos, donde nadie los ve y solo se escucha el murmullo continuo del bisturí, este "batallón" seguirá trabajando para embellecer al fastuoso teatro; de todas formas, están muy entretenidos por ahora. ¡Crsh, crsh, crsh!, ¡crsh, crsh, crsh!
El "batallón"
Integrantes del programa de restauración: Michael Serrano (19 años), Emilio Murillo (18), Allan Orozco (17), José Obando Mejía (25), Miguel Esteban Fallas (18), Víctor Hugo Herrera (17) y Juan Carlos Murillo (25).
A cargo de Carmen del Valle.