En la película Mentiroso, mentiroso hay una secuencia que se convierte en declaración de principios del actor principal, Jim Carrey. Es cuando Max, niño personaje de la historia, le hace muecas a su padre Fletcher Reede (que no es otro que Carrey) y este le afirma: "¿Sabes? Algunos se ganan muy bien la vida haciendo eso, muecas". Como bien se dice: a confesión de parte, relevo de pruebas.
Porque si hay alguien que, gracias a sus repetidas gesticulaciones, haya ingresado al privilegiado club de los millonarios, es Jim Carrey. Cosa que ni soñaba al principio de su carrera.
Hoy, en los Estados Unidos, el público se apretuja, se alarga en filas para ver las distintas cintas con Carrey de protagonista. Son películas con la mira puesta en las boleterías. Y resulta. Lo que, para los críticos, es prueba de la medianía presente en la cultura cinematográfica, con espectadores poco exigentes y prestos a ser complacidos con muecas.
Hay quienes afirman que esto no es novedoso, que es tan solo el resultado complejo de un cine, como el de Hollywood, que maneja afinados mecanismos de publicidad.
Así, Mentiroso, mentiroso entra en la onda: triunfa.
Y para quienes no imaginamos la cantidad de dólares que se gana Jim Carrey con su "arte" de las contorsiones, este cobra (en estos momentos) no menos de 20 millones de dólares por filme. ¡Ajá! Muecas sobrevaloradas. Expresiones de una sociedad que ha perdido la lógica del gasto, índices de una distribución de la riqueza que anda manga por hombro. Entre el capricho y la irresponsabilidad.
Es la ventaja de tener un cuerpo de hule, títere de mano propia. Pero es, ante todo, la expresión ventajosa que ofrece un medio proteico y disparatado como Hollywood.
En alguna ocasión, el propio Carrey, en un arranque de sinceridad, confesó que recibir 20 millones de dólares por película, solo permite "darte cuenta de lo ridículo que es este negocio" (el del cine como industria). Mientras, un cine lleno de ideas y enamorado de las mejores imágenes, como lo es el latinoamericano, debe vivir audacias para poder financiar sus producciones. Da coraje.
Pero, Jim Carrey (de alguna manera) no tiene culpa de lo que pasa: él solo aprovecha las circunstancias.
Película sorpresa
Los éxitos de Carrey comenzaron a sus 15 años, allá en Canadá (nació en Ontario en 1962), en el club Yuks Yuks. Luego decidió probar suerte, se echó sus muecas a la cara y sus contorsiones al cuerpo y se fue a los Estados Unidos. Primero hizo unos papeles secundarios en cine. Luego un medio poco exigente (como lo es la televisión) le dio el punto de apoyo. En 1991, triunfó en el programa Jim Carrey's Unnatural Act y, después, en la serie In Living Color.
Para Carrey, triunfar era cosa de persistir en las bufonadas.
Y solo tenía que encontrar la película que lo convirtiera en sorpresa, por encima de papeles cortos con directores importantes, como lo hizo en Peggy Sue de Francis Ford Coppola (en 1986).
Carrey, lo confiesa hoy, entendió que para él era preferible catapultarse con directores menos conocidos. La oportunidad le llegó con Ace Ventura, un detective diferente (1994), cinta dirigida por Tom Shadyac, realizador que, precisamente, ahora repite con Jim Carrey en Mentiroso, mentiroso.
Ace Ventura es un personaje esperpéntico y le venía como anillo al dedo a Carrey. El público reaccionó favorablemente, pero la crítica hizo armas y calificó de antipática la personalidad del actor, y dijo cosas como: "película chabacana, ordinaria, grosera".
Luego siguió La Máscara (1994), con Carrey convertido en dibujo animado de carne y hueso. Dosis que repetiría en Batman eternamente (1995), constante sobreactuación como El Acertijo, enemigo de Batman.
Entre ambas películas estuvo Una pareja de idiotas (1994), donde Carrey gesticuló tanto que llegó al punto opuesto de sus pretensiones: por exagerado resultó inexpresivo.
Luego la escasa imaginación de Hollywood produjo una secuela con el personaje de Ace Ventura: Un loco en Africa.
1996 fue el año de su peor película: El insoportable, título de exacta significación. Y ahora Mentiroso, mentiroso: una suerte que se escribe con los mismos garabatos, solo que con un guión más coherente y de mejor humor. Pero siempre queda la duda en la crítica y el fervor en el público.