Víctor Manuel Rodríguez Paredes es un hombre como ninguno. Tiene por rostro una sonrisa amplia, y por conversación mil chistes y una canción. Su piel es oscura y sus ojos café-profundo son claros y limpios: allí las lágrimas se fueron de vacaciones.
A sus 90 años, simplemente impresiona. Rodríguez tiene muy agradable humor y goza de perfecta salud: cero colesterol, cero hipertensión, cero estrés y ni rastro de Alzheimer o presión alta. Pero como si esto fuera poco, Rodríguez además tiene un pulso y un sentido de la vista inmejorables. "Veo bien porque me gusta apreciar las bellezas del mundo", responde entre risas sonoras en su casa en Desamparados.
Él siempre ha tenido sal en la sangre pero eso no lo convirtió jamás en un "salado". Nació el 10 de marzo de 1916 a las 10:30 p. m. a escasos diez metros del reventar de las olas en la isla de Campeche en la península de Yucatán, México, un lugar saqueado por piratas.
Fue el primero de los tres hermanos que trajeron al mundo José de la Luz Rodríguez y Pastora Paredes Salazar. También fue el mandadero del barrio.
De su niñez recuerda el olor a teta, a arena y a tortilla, así como los sonidos de pianos que las mujeres tocaban para entretenerse en sus casas, donde ellas se escondían por terror a unos villanos del mar.
Rodeado y aislado por el océano, sabía que su única oportunidad para salir de pobre era embarcarse en un navío. Pero no podía ir ni a la escuela pues no tenía siquiera ropa.
"De niño me conocían como el Rojo del pueblo. Esto, porque a mi mamá solo le alcanzó para hacerme un camisón rojo de franela", cuenta.
"¡Ya me imagino el espectáculo impúdico que daba todos los días! ¡Ay, Dios! ¡Si es que ese camisón rojo era toda la ropa que yo andaba encima como hasta los 6 años... y con lo inquieto que era", reconoció.
Curioso e intuitivo. Rodríguez quería ser marinero y se pasaba las tardes en la costa, viendo atracar y reparar los barcos. "Yo iba de escapadas a la escuela y solito aprendí a leer y escribir. Quería ser alguien más que el Rojo. Completé la escuela y luego el colegio por suficiencia", acotó.
A los 14 años (1930), decidió que su nombre estaba escrito en las olas y se fue a tocar las proas de todas las naves que estaban en Campeche. Ese día, La Elena, un velero de 39 metros de largo, lo acogió como misceláneo.
La Elena era de un barco de una familia adinerada de Veracruz que cruzaba el Golfo de México. Aquel fue su primer viaje a mar abierto y la comprobación de que esa era la vida que quería. Nunca vomitó ni se mareó y allí permaneció casi 20 años.
"Un día faltó en el barco uno de los maquinistas y se presentó la ocasión de convertirme en el tercer maquinista. En tres meses me preparé y obtuve el título de ingeniero mecánico por suficiente y luego fui oficial del barco".
Esto le permitió conocer otras latitudes. "La vida en altamar es un boleto diferente. Yo vi y viví tragedias terribles. El mar le forja a uno el espíritu. Aprende uno a no tenerle miedo a nada ni a nadie", añadió.
Durante 16 años más, Rodríguez pasó de barco en barco y, más tarde, volvió a tierra y se dedicó a reparar y a diseñar equipo mecánico para esas embarcaciones. Trabajó como ingeniero de la empresa General Motors e inventó motores que todavía se usan.
Atracar en Costa Rica. En 1961 la voz de Rodríguez enamoró a una tica que se encontraba de paso por la ciudad de México y él descubrió un nuevo puerto donde atracar. Con una broma acerca de flores y floreros, Mercedes Campos cayó en sus redes de marinero. O al menos así lo explica el "macho" mexicano.
Tuvieron un curioso noviazgo de solo siete días, al cabo de los cuales Rodríguez le prometió a la tica que viajaría a Costa Rica en un año para casarse con ella. A todos esta promesa les parecía casi un chiste. Quienes dudaban no conocían la voluntad del ahora respetado míster Rodríguez.
Cartas interminables los mantuvieron cerca pese a la distancia hasta que, en diciembre de 1962, celebraron en San José la ceremonia de matrimonio. De esta unión nació Mercedes Rodríguez, miembro fundadora y actual violinista de la Orquesta Sinfónica Nacional de Costa Rica. De nuevo, el campechano cumplía lo que se proponía y hasta le sacó música a sus decisiones.
Cuenta don Víctor que al arribar a Costa Rica, no había en el país ingenieros mecánicos formados, por lo que tuvo ocasión de servir a muchos.
Hasta que un día decidió retirarse a disfrutar de sus recuerdos y comenzó a construir barcos a escala en su casa. A finales de los años 80, empezó a dibujar un plano del velero La Elena y, dos años después, ya lo había construido con todo y sus velas bordadas a mano. Continuó con el segundo... y el tercer barco.
No se trataba de armar barcos de esos que venden, sino de tallar, en la madera exacta, cada uno de los fragmentos que forman un barco, y darle todos los acabados para luzcan igual y realicen exactamente la misma función que en la realidad. Es decir, las luces encienden, las velas se recogen y las compuertas se mueven.
Los ojos de cualquier curioso se desenfocan al observar en su taller las miniaturas que él talla en madera. Pero Rodríguez no: él se deleita explicando a cualquier observador los nombres de las miles de piezas que integran un barco. Cuesta entender cómo se acuerda de la enorme lista.
Algunas de estas piezas no superan los 5 milímetros, por lo que manipularlas resulta una misión difícil incluso con lupa. "Nadie que no haya navegado por tantos años puede construir un barco de esta manera. Yo puedo hacer que cada pieza funcione de eso dependió mi vida en altamar", recalcó.
Según Rodríguez, esta fascinación - complicada a los 90 años- es la forma que se ideó para dar testimonio de cómo logró , contra todos los pronósticos, la vida de marinero que anheló.
No ha vendido ninguno de los siete barcos que lleva construidos, y no piensa hacerlo. "Espero que Dios me dé oportunidad de acabar el que estoy empezando", expresó.
Víctor Manuel Rodríguez Paredes es un hombre como ninguno. Él reconoce que es completamente feliz porque ha hecho todo cuanto ha deseado y ha seguido las señales que Dios le envió.
"La felicidad se fabrica: no es un regalo de nadie. Tampoco es un lugar adonde se viaja, más bien es la mejor forma de viajar", concluyó al lado de sus dos Mercedes (la esposa y la hija) y su Elena : la miniatura que el mismo fabricó del primer velero donde 'El Rojo' retó al mar.