Antes de abandonar para siempre su majestuoso palacio, el destituido monarca de Nepal, el rey Gyanendra, ofreció su último discurso al pueblo.
Sentado y rodeado por dos tigres y una cabeza de rinoceronte disecados, dijo que respetaba “el veredicto popular”.
Tras su breve y última proclama, en una de las poquísimas veces que habló con su pueblo, concretó por fin, este miércoles, la abdicación al trono a la que fue obligado el pasado 28 de mayo, cuando una asamblea constituyente elegida el 10 de abril y dominada por los maoístas, decidió el fin de la monarquía y proclamó la República, tras 239 años de dinastía real de los Shah.
Resignado a su destino, el cuestionado rey abandonó su palacio con techos rosados en forma de pagoda, ubicado en el corazón de la capital, en una limusina negra, conduciendo detrás de una camioneta policial armada y pasando junto a miles de curiosos y cientos de policías antimotines. Tres horas antes, se le miraba tranquilo y hasta sonrió a menudo mientras contestaba preguntas en la última conferencia de prensa que ofreció desde el lujoso Palacio Real.
En su ponencia, Gyanendra desmintió una vez más los rumores que lo acusan de haber fomentado la matanza de la familia real en junio del 2001, cuya desaparición le permitió acceder al trono.
“En ese año, ni siquiera pude llorar la muerte de mi hermano, de mi cuñada, de mis sobrinos y sobrinas. Las acusaciones efectuadas en nuestra contra han sido inhumanas”, sostuvo.
Aquella espectacular tragedia no ha dejado de traumatizar a los nepalíes.
La madrugada del 1.° de junio, el príncipe heredero Dipendra, al parecer ebrio y drogado, asesinó a su padre, el rey Birendra, a la reina Aishwarya, y a ocho miembros de la familia, antes de intentar suicidarse.
Gravemente herido, Dipendra se proclamó rey y Gyanendra, su tío, fue nombrado regente. Pero a la muerte de su sobrino, Gyanendra se convirtió en rey.
Al verlo retirarse del palacio, varias docenas de personas le gritaron a su paso insultos como “Gyane (el diminutivo de su nombre), ladrón, vete del país”, mientras aplaudían y bailaban.
La partida de Gyanendra es la consagración de un increíble proceso político de dos años, durante el cual los nepalíes pusieron fin a una guerra civil, llevaron al poder a la exrebelión maoísta y enterraron más de dos siglos de realeza, para instaurar un régimen republicano.
Así, Gyanendra, el “dios-rey” venerado como la encarnación de Vishnú, perdió la corona que asumió con su toma absoluta del poder en el 2005. Después de esa fecha, empezaron las protestas callejeras, que fueron subiendo de tono y de estrato hasta lograr, finalmente, su caída.
Pero el exmonarca, quien expresó cierto pesar por sus acciones, no ofreció una disculpa formal y aseguró que “no abandonará el país” para irse al exilio.
Gyanendra también afirmó que la corona de diamantes, rubíes y esmeraldas, al igual que el cetro del Shah, “fueron devueltos al gobierno de Nepal”.
A los 60 años, tendrá que instalarse en una antigua residencia de verano de los reyes, en las afueras de Katmandú. No obstante, tan pronto como encuentre una vivienda propia, deberá abandonar esta. En cuanto a su gigantesco palacio de Narayanhiti, será transformado en museo.
Adiós privilegios.
“Está bien verlo aceptar el veredicto del pueblo, pero no tenía otra opción”, se congratuló el dirigente maoísta Chandra Prakash Gajurel.
Según la prensa local, el exsoberano reclamó una guardia cercana de 400 soldados, pero el gobierno solo le concedió 75. Él y su esposa, la exreina Komal, deberán también renunciar a 600 “secretarios, asistentes, jardineros y cocineros, que ahora se convirtieron en empleados” de la nueva República de Nepal, advirtió el ministerio del Interior.
Pero Gyanendra tendrá permitido continuar con sus intereses comerciales y se cree que posee una fortuna sustancial en té, tabaco y casinos: su fortuna está valorada en más de $200 millones. El miércoles insistió en que, tras abandonar el palacio, empezaría una vida como simple ciudadano. “En estos últimos siete años, no he acumulado ni dinero, ni propiedades”, aseguró el otrora empresario, reputado autócrata y hábil estratega.
La abolición de la monarquía es el resultado de un acuerdo que en abril del 2006 alcanzaron los partidos políticos nepalíes y los maoístas que se aliaron en manifestaciones democráticas y obligaron al rey a renunciar al poder absoluto que se había otorgado en el 2005.
El 21 de noviembre del 2006, todas las fuerzas políticas nepalíes sellaron un histórico acuerdo de paz después de más de 10 años de guerra civil. Este conflicto dejó 13.000 muertos y una economía en ruinas, en este país himalayo enclavado entre India y China.