Los ingenieros de los tiempos anteriores a las calculadoras de bolsillo, utilizaban una regla de cálculo. Esta es una calculadora analógica donde pueden obtenerse muy buenas aproximaciones a cálculos complicados. Hay información abundante en la Wikipedia.
En esos tiempos, un cálculo de algo podía hacerse detalladamente o podía hacerse mediante un “reglazo”, lo cual era una aproximación decente.
Si queremos saber qué piensa la gente de un producto nuevo, podríamos hacer una encuesta extensa y cara.
También podríamos hacer una investigación a través de una muestra, la cual, como se sabe, debe tener un determinado tamaño.
Asimismo, en tal caso podríamos consultar a unas cuantas personas cuya opinión sea confiable.
Los costos de esos distintos enfoques pueden irse reduciendo a décimos cada vez.
Si la encuesta cuesta cien, la muestra cuesta diez y la consulta cuesta uno.
Sin embargo, muchas veces, el valor de la respuesta se mantiene semejante si se utiliza un método u otro.
Aquello puede ocurrir también con los estudios o con las investigaciones.
Un grupo de tres personas puede hacer una recomendación sensata sobre un asunto.
No obstante, si contratamos a un investigador y le pedimos que haga una investigación formal, nos cobrará mucho dinero, y la diferencia en extensión y exactitud de lo que encuentre quizá no justifica el “extraprecio”.
Las investigaciones se hacen con un propósito.
Si queremos saber cuánto mide un lote y nos da lo mismo si la respuesta es mil metros u ochocientos, no hay que contratar a un topógrafo que nos dé la medida en metros, centímetros y milímetros cuadrados.
En tal circunstancia, nos bastaría con un “reglazo”: suponemos que nos referimos a un rectángulo, lo medimos en pasos y los multiplicamos.
La abuela que ve al nieto palidejo lo manda a comer guineos verdes sin hacerle un hemograma. Quien sintió hoy un dolor de cabeza no corre a hacerse un TAC.
A veces, algunos estudios son “mucho ruido y pocas nueces”. En ciertos casos, la sofisticación es cara y puede ser innecesaria.