En “el sur” no hay escuela, ni servicios de salud, ni paradas de bus. Cada mañana, 289 jóvenes se despiertan para asistir a clases, al tiempo que salen para su trabajo cocineras, empleados municipales y albañiles.
Todos cruzan hacia “el norte”; unos con rumbo a los centros educativos, otros buscando atención en el Ebais y algunos más, los buses hacia San José.
Pero entre “el sur” y “el norte” se yergue tremendo obstáculo: la falta de un puente sobre el río María Aguilar.
La comunidad de Barrio Nuevo, en Curridabat, no tiene ni nombre para el grueso de los costarricenses. Cuando, como cosa inusual, alguien se percata de su existencia, habla del “precario detrás de Multiplaza del Este”.
En octubre pasado colapsó el puente que los comunicaba con Zapote y, durante varios meses, han debido apelar al ingenio para cruzar el cauce.
“Aquí nos la jugamos como gatos; a veces uno se pone las botas para ayudar a cruzar a la gente. Antes nos tirábamos al río, con protección o así no más. El problema es que está muy contaminado”, explica Marlene Ramírez, la presidenta del Comité de Vecinos.
Barrio Nuevo tiene otras dos salidas para conectarse con el resto del país. Una de esas rutas atraviesa por una casa particular y acaba en barrio San José, pero la dueña cobra ¢200 por el “derecho de pasada”. La otra opción es tomar la vía interna que comunica con la calle municipal de la zona industrial de San Francisco de Dos Ríos. Mas cualquiera de estas opciones triplica el tiempo del viaje y eleva mucho el gasto.
“Si sacamos a las niñas por ese lado, duramos 40 minutos más y hay que tomar más buses. En una ruta, nos toca pagar de ida y de regreso por los cuatro miembros de la familia, y la otra es muy insegura, muy sola”, explica Byron Vargas, mientras acompaña a la menor de sus hijas por el río.
El asentamiento, que en ciertos puntos no alcanza los 100 metros de ancho, ocupa una delgada franja de tierra entre el río y el barrio San José.
“La mayor vinculación de la comunidad es con el lado de Zapote”, sostiene Laura Paniagua, directora de un trabajo comunal universitario de la Universidad de Costa Rica en Barrio Nuevo.
Por su parte, el alcalde de Curridabat, Édgar Mora, analiza así la situación: “Habría que hablar de dos cosas: una es si tienen o no acceso, que sí lo tienen. Otra es si el acceso es el más apropiado, que no lo es”.
Sin embargo, continúa el funcionario, la municipalidad de Curridabat no puede involucrarse en la construcción de un puente pues el asentamiento ocupa propiedad privada y la entidad no puede invertir ahí recursos públicos.
“En el caso del acceso peatonal sobre el río, es legalmente imposible que la Municipalidad pueda ayudarles”, explica el alcalde Édgar Mora.
Hablar de cruzar el río obliga, necesariamente, a rumiar entre dientes la palabra “perseverancia”. El forcejeo con el María Aguilar ha tenido, como campo de batalla, decenas de puentes, la mayoría improvisados y de muy corta vida. Más temprano que tarde, cada intento fracasa como el anterior.
“Cuando se hizo el precario, teníamos un puente de madera. El río se lo llevaba y lo levantábamos, así una y otra vez. Lo tuvimos que hacer muchas veces. Montamos un puente colgante en 1993, que se cayó cuando el paredón cedió, y hace 12 años construimos el que teníamos”, enumera Byron, quien vive desde hace 18 años en Barrio Nuevo.
El 2 de octubre del 2010, cayó el puente que inauguraron en 1998. Los escombros que arrastró la peor crecida de ese invierno impactaron la columna central, que se vino abajo pocos días más tarde. Con los restos, los vecinos construyeron varios pasos, todos de vida muy efímera.
El 22 de mayo pasado, Harving Soza, secretario del Comité, estaba con Marlene y otros vecinos en el salón comunal de la comunidad de Linda Vista de Guadalupe y afuera, rugía insolente la lluvia. “Me llegó un mensaje de la hija de Marlene para avisarnos que el río se había llevado los últimos escombros que usábamos para pasar”, recuerda Harving.
Génesis Lago empieza a llorar 100 metros antes de llegar al cruce y los habitantes de Barrio Nuevo ya conocen su llanto. Saben del miedo que siente esta niña de 7 años cada vez que le toca pasar por el río para ir a la escuela.
Otros pasan con gran calma. Katherine Castillo cruza sus aguas para llegar al colegio Rodrigo Facio, pero se detiene en cada piedra a limpiarse el barro que salpica sus zapatos.
Marlene lo atraviesa varias veces al día. Cuando la entrevistamos, llevaba puesto el chaleco celeste que el Instituto Nacional de Estadística y Censo dio a los censistas.
“Me metí con el censo porque quiero que en el Registro Civil aparezca esta comunidad, que se sepa que nosotros existimos” dice enfática.
A sus espaldas, pasan los niños que van a clases, todavía olorosos a jabón y a café, y lo harán de vuelta al mediodía, quizá debajo de un aguacero. En la noche, serán los trabajadores de regreso a casa quienes lo crucen, saltando de piedra en piedra.
Dicen que la adversidad saca de las personas nuevos talentos y habilidades. A los vecinos de Barrio Nuevo los obliga a ejercitar su equilibrio y su valentía.