Hace cien años, el entonces bachiller Clodomiro Picado Twight descubrió París. Justamente era el año en que Braque y Picasso derribaban convenciones con su cubismo, y el Zar de la Belleza , el ruso Diaghilev, daba un golpe maestro en la Ópera de París con sus magníficas coreografías.
Sin embargo, para ese joven costarricense de 21 años, el hecho más importante de 1908 sucedió en el Instituto Pasteur, localizado en el barrio bohemio de Montparnasse. Esa institución, dedicada a investigar enfermedades infecciosas, festejaba su vigésimo aniversario de la mejor manera posible: uno de sus miembros, el inmigrante ruso Ilya Ilyich Metchnikov, había ganado el Premio Nobel de Medicina y Fisiología.
Lo había merecido por sus descubrimientos sobre la función de los fagocitos (> células que comen) contra los microbios invasores. Compartió ese galardón con su “contrincante” intelectual, Paul Ehrlich, eminente bacteriólogo alemán y uno de los descubridores de los anticuerpos.
Con ese premio dividido, la Academia Sueca había terminado una larga controversia sobre si la inmunidad era ‘mediada’ por células o por anticuerpos. El veredicto estableció que ambos sistemas eran relevantes.
‘Cazador’. Metchnikov, uno de los protagonistas del clásico libro de Paul de Kruif Cazadores de microbios , cuyo nombre suele escribirse ‘Élie Metchnikoff’ (al estilo francés), nació en una villa cerca de Harkov (Rusia) en 1845. Desde niño mostró curiosidad por los invertebrados, en especial por raros especímenes acuáticos, y a los 16 años ya había publicado su primer artículo científico.
Sin embargo, la vida de Metchnikov no cursó sin calamidades. Su primera esposa murió de tuberculosis en 1873. Este y otros infortunios lo llevaron a intentar suicidarse con una sobredosis de opio.
Su segunda esposa casi murió de tifoidea, lo que condujo a Metchnikov a un nuevo intento de suicidio, pero esta vez mediante un experimento. Se inoculó sangre de su esposa enferma con el objeto de entender si el mal podía transmitirse por esta vía. Aunque el experimento fue un éxito, su segundo intento de suicidio fracasó, para fortuna de la humanidad.
La vocación científica de Metchnikov se cristalizó en Alemania, pero no fue sino hasta 1867 que descubrió la digestión intracelular en la recién creada Universidad Odessa, en Rusia.
En 1882, el zar Alexander II fue asesinado; debido a esto y a problemas internos con la Universidad –en la que muchos opositores fueron luego perseguidos–, Metchnikov se trasladó a Messina (Italia).
Fagocitosis. Por aquel entonces, Metchnikov era de apariencia tosca, de pelo largo y barba negra, más parecido al fiero Coloso de Goya que a un sofisticado científico centroeuropeo. A primera vista, sus manos grandes y regordetas parecían incapaces de disecar con precisión delicados especímenes.
En Italia, Metchnikov se percató de que los fagocitos eran las células que moldeaban el cuerpo de los renacuajos y se comían los microorganismos que invadían a las larvas de las estrellas de mar. El nombre que dio a este proceso fue ‘fagocitosis’. Uno de sus trucos más ingeniosos fue el usar organismos marinos transparentes. En ellos, bajo el microscopio, podía observar las células fagocíticas y sus movimientos.
Sus primeras contribuciones fueron esenciales para comprender el desarrollo ontogénico de los animales. Metchnikov logró una verdadera síntesis entre la formación de tejidos y la evolución, y superó las concepciones del propio Ernst Haeckel, considerado el heredero intelectual de Charles Darwin.
Sin embargo, el “salto mortal” de ingenio que dio Metchnikov ocurrió cuando relacionó la fagocitosis con la inflamación y, por ende, con la inmunidad. Su hipótesis fue la siguiente: los glóbulos blancos (células “vigilantes” del cuerpo) eran primero atraídos a los focos de infección. Posteriormente, estas células se comían a los microbios invasores mediante la fagocitosis, y los destruían con el concurso de sustancias microbicidas. Lo elegante de su teoría es que se inserta dentro de un contexto evolutivo ancestral, que comprende a todos los animales, incluidas las esponjas.
Las propuestas de Metchnikov durante el periodo 1867-1888 no pasaron inadvertidas. Varios científicos importantes miraban la teoría de la fagocitosis como una amenaza contra la teoría humoral (líquidos del cuerpo) de la inmunidad. Esta era defendida principalmente por la escuela alemana, que incluía al mismo Ehrlich. Parte del recelo se basaba en el hecho de que Metchnikov había estudiado zoología, no medicina, y quizá también en su apariencia ‘ogruna’, que se alejaba de la de un científico de principios de siglo XX.
Louis Pasteur, quien tampoco era médico y había sufrido aquel recelo, acogió a Mechnikov en los recintos del recién inaugurado Instituto Pasteur. Aquí, Metchnikov consolidó sus resultados, los que terminaron por silenciar todos los argumentos en su contra.
Aun más, en el discurso de recepción del Nobel, pronunciado en Estocolmo, llegó a sugerir que las células del bazo y la medula ósea sintetizaban los anticuerpos. Como sabemos, casi acertó en todas sus predicciones, y sus descubrimientos constituyen el fundamento de la inmunología moderna.
Méritos. El bienestar humano siempre fue una preocupación de Mechnikov. Su filosofía optimista sobre la “bondad y la naturaleza del hombre” que nos habla de la “desarmonía” existente en el ser humano, fue un esfuerzo –tal vez algo retórico y desarticulado– por conciliar sus preocupaciones sociales y personales, hasta su muerte, en 1916.
Empero, uno de sus mayores logros fue la gran cantidad de discípulos que formó; entre ellos estuvieron Serge Metalnikov (padre de la neuroinmunología), Jules Bordet (descubridor del complemento), Waldemar Haffkine (creador de la vacuna contra la peste) y Etienne Burnet (descubridor de los probióticos y de la importancia de la flora intestinal para la salud integral).
La influencia que Metchnikov ejerció sobre Clodomiro Picado fue registrada por el mismo Clorito en un ensayo publicado en Repertorio Americano en 1921. Esta influencia no solo se refiere a sus teorías científicas, sino también a su conducta y sus vivencias. Picado escribió: “Para Metchnikoff todo pasó de manera diferente: lejos, solo, no encontrando en su país ni un laboratorio donde trabajar, teniendo que emigrar al extranjero”. El paralelismo es claro.
Al igual que Metchnikov, Clorito fue un naturalista que incursionó en la medicina para convertirse en el primer cazador de microbios costarricense y en el primer inmunólogo de nuestro país.
Como Metchnikov, Picado se enriqueció científicamente en París y fue un investigador activo hasta su muerte, sin dejarse tentar por halagos que lo alejasen de su actividad científica. Como su maestro ruso, Clorito también se preocupó por problemas sociales de su tiempo y puso su sabiduría al servicio de los demás. Como Metchnikov, Clorito predicó con el ejemplo, y su herencia está plasmada en el desarrollo de la microbiología y la inmunología de Costa Rica. No es coincidencia que, de los 22 Premios Nacionales en Ciencia (la gran mayoría otorgados a docentes de las universidades públicas), 10 hayan se hayan concedido por estudios relacionados con aquellas disciplinas.
Tres de tales premios reconocieron la línea de investigación de Clorito sobre antivenenos y toxinas, y dos fueron relativos a la fagocitosis de patógenos; estos últimos, inspirados en el trabajo de su amigo y maestro, el gran Ilya Ilyich Metchnikov.
EL AUTOR ES MIEMBRO DEL PROGRAMA DE INVESTIGACIÓN EN ENFERMEDADES TROPICALES DE LA UNA.