El vestíbulo del Teatro Nacional me recibió, el pasado sábado, asfixiado de rosas, pedrería, teléfonos celurares, radios, agentes de seguridad, y conversaciones nerviosas que especulaban el nombre del ganador, cuando el color de la primera noche de verano se hizo presente en los trajes de las damas asistentes, a la final de la XXVII edición del Festival Internacional de la OTI.
Desde Verónica Bastos, Claudia Poll, Aída de Fishman, Lorena Clare, hasta Maribel Guardia, el no color se lució en distintos modelos. Verónica y Claudia con trajes estraples, Aida con un vestido trapeado de inspiración griega y Lorena con un corte muy andaluz de falda triple, luciendo como accesorio una maravillosa gargantilla al estilo ruso de principios de siglo.
Maribel, oculta tras el podio, no pudo mostrar ante la televisión la exhuberancia de su hermoso traje de gala, de falda de terciopelo y cola de pavo real en tul.
Es una lástima que ya no se acostumbre asistir al Teatro Nacional con trajes de gala, y que la informalidad tica haya dado paso, en otras ocasiones, al irrespeto del poncho y la chancleta. Pero esta noche sucedió todo lo contrario. Desde mi palco platea, que compartí con la orgullosa mamá de Maribel Guardia, pude observar a un público diferente, que lucía, independientemente de su papel, de manera formal, como corresponde vestirse cuando se asiste a un gran teatro. Por donde quiera que posara la vista veía elegancia y sobriedad.
Lucía extraordinaria, Astrid Fishel en el palco11 de la derecha, haciendo honor al refrán de que "en la simpleza está la elegancia", con un sobrio vestido rojo pagoda.
Estrafalarios
Entre los invitados no recuerdo ninguno que desentonara. La nota ecléctica la pusieron los artistas, donde más de uno fue vestido por sus enemigos, o por un grupo de terroristas de la costura.
El ganador, Florcita, me recordó al Dr. Memelosky de aquella teleserie infantil de los años 70. Lentes oscuros, pantalón de ejercicios de plástico, zapatos tenis negros, un cronómetro al cuello y saco de un frac.
Claudia, la cantante de República Dominicana se inspiró en el teatro combinando una mezcla de sirena del Rin de Wagner con la Ofelia shakespereana de Hamlet. Vestida de color papaya con una cola-estola de un metro, la cabeza sembrada de helechos y flores naturales, y zapatos de altísimas plataformas.
Asdrúbal Asturilla de Venezuela era la versión pop de Al Capone, enfundado en pantalón y saco de rayas con estridentes camisa y corbata color naranja.
Nelson Leal de Guatemala llenó al escenario motivos étnicos-galácticos, ya que la solapa de su esmoquin, el corbatín y el chaleco tenían tejidos chapines en tela plateada.
Soraya en vez de cartera de noche, llevaba una simpática valijita metálica tipo estuche de fotografía y Christian Castro un saco tan geométrico que tenía los botones ocultos.
Cena de Oro
Una vez concluida la presentación del teatro, una cena para 300 invitados nos esperaba dentro del Museo de Oro. Un poco más allá del puesto de control de alta seguridad -hasta con detector de metales- Aida de Fishman, la anfitriona, aparecía rodeada por regios arreglos de varios tipos de rosas pastel combinadas con peras de Anjou, una variedad francesa de tonos rojizos. Ella estuvo pendiente de cada detalle y acompañada de su sonrisa saludó con gesto amable a todos los presentes.
Las mesas de forma redonda tenían tres manteles, uno blanco largo, seguido por uno dorado y de último un tapete de encajes. La disposición de los platos, las copas y la cubertería, con servilletas dobladas en forma de abanicos era la correcta, y al centro se destacaban espigados arreglos de rosas y peras en dos niveles.
Es una lástima que la desabrida iluminación del museo marchitara el ambiente, los fluorescentes de neón hacían ver al salón bastante frío, luces ámbar o velas hubieran dado la calidez faltante, que ni los aplausos al ganador pudieron calentar.
El menú preparado por Marcela de Quirce consitió de una ensalada de pasta con brócoli y una flor de salmón, medallones de pollo, arroz con espárragos y como postre una simpática pera en sala de vino marsala y crema de Amaretto.
Entre las vestidas de negro, Norma de Contreras y Julieta Jiménez se veían muy elegantes. La palabra chic se hizo realidad en la figura de Carolina Gutiérrez, la hija del maestro Benjamín, vestida con el color de moda, el gris perla y zapatos plateados, fue de las pocas damas que lució un peinado de fiesta, pues varias damas olvidaron que la noche no perdona al cabello suelto.
Y así, al filo de la medianoche, debajo de la Plaza de la Cultura las rosas se marchitaban ante la falta de aire acondicionado, mezcladas por el recuerdo colectivo de haber sido, por una noche, y ante 680 millones de telespectadores, la capital del espectáculo.