Entre el suspenso apenas matizado, el melodrama tenue y mucho del género fantástico ("fantaciencia") transcurre una película de título muy sugerente y algo poético: El misterio de la libélula, filme dirigido por Tom Shadyac.
La cinta nos llega ahora con la presencia del actor Kevin Costner, quien encarna al médico Joe Darrow, experto en traumas y casado con una colega a la que ama con vehemencia. Todo marcha bien para ellos hasta el día en que ella viaja a Venezuela, a una región selvática e indígena, a poner su profesión al servicio de los más necesitados.
Un accidente trunca los esfuerzos de la esposa de Joe; sin embargo, su cuerpo no aparece. Esto hace que Joe entre en conflictos emocionales. Mientras tanto, él atiende a expacientes de su esposa (niños) en un hospital de Chicago. De pronto, sucede lo incomprensible: Joe comienza a percibir señales que hablan de la presencia de su esposa (presencia sentida solo por él).
¿Qué sucede? ¿Por qué la figura de una libélula se convierte en el signo más inquietante de una nueva realidad? ¿De dónde vienen las voces que se retransmiten por las bocas de niños enfermos? ¿Qué importancia tienen las cicatrices, con formas de libélula, en cuerpos humanos? ¿Qué tienen que ver las libélulas con Joe?
De esa manera, el misterio está planteado en la película, aunque a esta le cuesta -a veces- avanzar con su trama (como si tan solo girara sobre ella). Es un misterio que se conjuga con melodrama; es un melodrama que se alborota en la ciencia-ficción.
Junto a Kevin Costner aparecen otros actores en papeles secundarios: allí están Susanna Thompson (como la esposa desaparecida), Kathy Bates (como la vecina que sí entiende a Joe) y Linda Hunt (como la monja que analiza experiencias de personas que han estado cerca de la muerte).
La pregunta es: cuando alguien muere, ¿se ha ido para siempre? En el cine, usted lo sabrá.