Los lamentables hechos desencadenados por las protestas transformadas en sangrientos enfrentamientos entre los “camisas rojas” y el ejército dentro de las calles de Bangkok y otras ciudades de Tailandia, nos deben hacer reflexionar del peligroso desboque de incidentes que puede suscitar el amor platónico que algunos seguidores experimentan por sus líderes políticos.
Para quienes hemos vivido en el Reino de Siam, sabemos que sus habitantes, además de afables y sonrientes, se caracterizan por poseer un enorme orgullo muy por encima del resto de los asiáticos, remontado a su historia de país en la región no colonial. Orgullo que se ha volcado contra el propio pueblo tailandés, profundamente polarizado entre los “camisas rojas” y los “camisas amarillas” después del golpe de Estado gestado por el ejército con el consentimiento de la Corona contra el gobierno del exprimer ministro Thaksin Shinawatra en septiembre del 2006, que condujo a la nación por un torbellino de mandos y conflictos que alcanzaron su clímax el 19 de mayo.
Los “camisas rojas” es como se les llama a los provenientes de las clases bajas y afines al depuesto Thaksin Shinawatra, potentado empresario de las telecomunicaciones, a cuyo paso por el poder (2001-2006) sus fanáticos denominan La Belle Époque Tailandesa por la creación de una asistencia sanitaria pública y el levantamiento de la economía en parte gracias al repunte de las exportaciones tras la firma de importantes acuerdos comerciales que permitieron a los tailandeses recuperarse de la crisis financiera asiática y pagar su deuda al Fondo Monetario Internacional, son logros innegables de Shinawatra.
Corrupción. Sin embargo, hay que mencionar que no solo el PIB del país creció durante su mandato; también lo hizo la inmensa fortuna del exgobernante, condenado en fuga por corrupción y abuso de poder, a quien el presidente Daniel Ortega, en uno de sus tantos disparates, arropó al entregarle un pasaporte diplomático nicaragüense que impidió su extradición para afrontar la justicia que de igual forma le reclama las ejecuciones ilegales de más de un millar de almas inocentes llevadas al patíbulo en la conocida guerra contra las drogas.
En la otra esquina, los “camisas amarillas”, partidarios de la Corona, derivados de las clases media y alta del país, aglomeradas mayormente en la capital y representados por el actual primer ministro Abhisit Vejjajiva, hicieron puya con numerosas manifestaciones pacíficas en el 2006 que encaminaron el golpe de Estado y posteriormente se negaron aceptar la administración de Samak Sundaravej en el 2008, a quien calificaron de títere de Shinawatra, forzando su salida después de bloquear los dos principales aeropuertos de Bangkok, viéndose afectada la fuerte industria turística del país, responsable del 6% de la economía con los 14.000.000 de turistas que visitan el Reino por año.
La inadecuada interrupción de la democracia por un golpe de Estado es sumamente reprochable; ya que lejos de apaciguar ánimos, los incendia acarreando el fraccionamiento de la sociedad civil; lo mismo que cuando la pasión y fe política son la principal causa de ceguera que avala u omite de forma perniciosa actos deshonestos como la corrupción y el desvío de fondos públicos acometidos sin escrúpulos en prejuicio no solo de un país entero, sino que de sus habitantes más desposeídos; gente linda y sencilla convertida a través de la historia en carne de cañón por lo peor que ha parido la raza humana, que en el caso de Tailandia ante la carencia de una izquierda comprometida, permitió a Shinawatra valerse siempre de un discurso populista para ganársela; porque si bien es cierto que ninguno de los gobiernos tailandeses ha podido cerrar la enorme brecha social imperante, y cumplir con los más pobres proporcionándoles al menos las necesidades elementales; la peligrosa cultura de aceptación de la corrupción como modusvivendi no causante de miseria ha tomado fuerza entre el proletariado que en lugar culpa de sus penas a la clase media y sus políticas de crecimiento económico antes que social.
Daba mucha tristeza observar a los humildes partidarios de Shinawatra vitoreándolo, mientras exponían sus vidas en la “zona de tiro libre” impuesta por el ejército, entretanto éste cómodamente en el exilio dictaba qué hacer y decir a sus hombres de confianza, que como legítimos cerebritos de maní en arrebatos de estupidez instaban a la insurgencia, sangre y venganza... Tan fácil que es llamar a la guerra cuando lo más cerca que se ha estado de ella es frente a una pantalla.
Una sola palabra de Shinawatra hubiera sido suficiente para que desaparecieran las barricadas del centro financiero de Bangkok sin incendios y muertes que lamentar. Pero qué le iba importar más al magnate; su mancillado orgullo o lo que acaeciera al proletariado en las calles de la ciudad de la furia, total, como sigue alegando hasta el día de hoy: todo ha sido una vil persecución política en su contra.