"Para meterse en este negocio hay que estar un poco loco; todo el mundo me pregunta: ¿ranas? ¿por qué ranas? si son venenosas..." Así explica Rodolfo Morúa la reacción de la gente cuando se enteran de su negocio.
Este amante de los animales es el propietario de Ranario Anita Grande, donde reproduce para la exportación las especies de rana roja venenosa (Dendrobates pumilio) y la rana verde y negra (Dendrobate auratus).
La decisión de dejar sus labores a un lado e ingresar al fantástico mundo de la naturaleza fue algo que cambió su vida.
"Hace cuatro años, cuando revisaba una información en los periódicos, me enteré del elevado comercio ilegal de batracios debido a la alta demanda entonces me pregunté por qué no me dedicaba a este negocio, pero de una manera controlada y sin afectar a la naturaleza", recordó Morúa. Y así lo hizo.
"Es mejor que los turistas los consigan de un criadero y no del bosque", pensó.
Pero su pasión hacia los reptiles y los anfibios nació mucho tiempo atrás, cuando corría libre por los potreros de Cartago. A la edad de cinco años capturó una serpiente coral, pero la dejó escapar ante los desesperados gritos de su madre. El sabía que allí nació una buena relación entre él y estos animales.
Pequeñas joyas
Ellas lo observan mientras sacan su lengua para lamerse sus ojitos curiosos y ocultan su cuerpo frío, pequeño y brillante entre las plantas. Escuchan como Rodolfo Morúa habla de ellas y de un posible viaje a un lugar llamado Estados Unidos, donde son muy apreciadas como mascotas.
Y es que las ranas son la pasión de Morúa, quien tiene todos los permisos del Ministerio del Ambiente y Energía (Minae) para tener un ranario, para la reproducción de estas especies.
Antes de embarcarse en esta aventura, Morúa meditó en cómo podría montar su negocio. Por eso, a la edad de 42 años decidió asistir a la universidad y aprender sobre ranas.
"Fui a la universidad como oyente, compré revistas, libros y consulté a especialistas y tesis, gracias a eso conocí los secretos de estos anfibios".
Después de obtener el conocimiento necesario, empezó a hacer su ranario Anita Grande, el cual se encuentra en Jiménez de Pococí, Limón.
Sus familiares ya sabían que a él no le gustaban los animales comunes, pues de joven tenía dos serpientes boa como mascotas. Eran sus compañeras.
"Mi madre me dijo una vez: o se van tus amigas o te vas tu... no había otro remedio", narró.
Este vecino de Sabanilla y padre de tres hijas cree que las personas le arrugan la cara a esta clase de animales porque no los conocen.
Asegura que nunca le ha pasado nada, a pesar de las toxinas que estas secretan, mientras sostiene una con la mano.
"Tengo todo tipo de objetos relacionados con los batracios en mi casa: adornos, juguetes y videos", manifestó. "¡No ve qué lindo esto!", dijo al enseñar un llavero en forma de rana roja. Y la pasión le brota.
Su afición por la biología le ha servido para sacarlo de apuros, aunque de profesión es administrador de empresas.
Una vez caminaba por el bosque con un experto del Minae y otro compañero, cuando estos le dijeron, asustados, que no se moviera, pues tenía una culebra a pocos centímetros de su cabeza.
¿Como es? preguntó.
Es verde le respondieron.
Seguro es una serpiente lora pensó. Díganme cómo tiene la cabeza les dijo.
Estás loco, no pensamos movernos para verla.
Con sumo cuidado él se volteó y descubrió que era una lora falsa, de las que no tienen veneno. Su alma le volvió al cuerpo.
Sueño y realidad
Ya recolectados los conocimientos, Morúa decidió alquilar los terrenos de una finca y crear el Ranario Anita Grande, el cual está decorado con la vegetación típica de la zona atlántica y abrazado por el río Cristina, en Jiménez de Pococí.
"El propósito del zoocriadero es garantizar, en condiciones seminaturales, el hábitat ideal y reducir los riesgos de mortalidad, elevando el número de nacimientos", explica.
Según él, las ranas verde con negro y la roja fueron escogidas porque son muy apetecidas en Europa y Estados Unidos.
Allí los aficionados las guardan en "casas" llamadas terrariums con calefacción y las alimentan con termitas o moscas de la fruta.
"Para hacer el criadero tuvimos que capturar algunas de Matina, zona donde viven, con permiso del Minae", narró.
Para Morúa, si bien es cierto sus rnas no están entre las especies en peligro de extinción, es probable que lo estén si las personas continúan talando árboles.
"Si el sapo dorado hubiera sido capturado y puesto a reproducirse en cautiverio, tal vez todavía estaríamos observándolo", lamentó.
Esta especie era común en los bosques de Monteverde, pero desde 1992 no se ha logrado ver a ningún ejemplar.
El ranario cuenta actualmente con seis módulos o encierros para cada especie.
De esta manera, Morúa encontró la forma de darle un valor agregado a la fauna de Costa Rica, una de las más ricas del país.
Está esperando desde hace tres meses el permiso para exportar, conforme los reglamentos establecidos por el Minae y respetando la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (Cites).
Morúa se quejó de que un ente administrativo (Minae) y uno científico (universidades) son los encargados de dar luz verde al negocio, pero aún no lo hacen.
"Aunque no me den el permiso, yo seguiré con otros proyectos, pues mi pasión es la naturaleza", concluyó.
Ranitas calientes
Nombre: rana roja venenosa (Dendrobates pumilio) y rana verde y negra (Dendrobate auratus).
Precio: el productor las vende a $10 (¢3.120). En tiendas de mascotas cuestan $45 (¢14.040).
Ranario: Anita Grande.
Correo electrónico:ranario@racsa.co.cr