Cuando yo tenía veinte años, vivía en una pequeña montaña en las estribaciones del cerro Chirripó, con pretensiones de construir una finca. En una ocasión, dos campesinos amigos me invitaron a una gira a Buenos Aires de Osa, a caballo y en pleno invierno. Al día siguiente ya estaba ensillando mi valiente rosillo. Como entonces no había puentes, cinco grandes ríos sumamente crecidos los tuvimos que atravesar amparados a la habilidad y fortaleza de las cabalgaduras.
Varios meses estuve por allá, sembrando arroz con los indios, en los pequeños valles cercanos al río Ceibo. En una ocasión visitamos a una familia chiricana propietaria de una linda finca y cuyo jefe de familia era criador de gallos de pelea, quizá tendría unos treinta, y varias gallinas para la procreación. Como la mayor parte de los campesinos de aquella época, yo también era aficionado a este tipo de actividades. Pero me gustaban las peleas limpias, sin calzar a los gallos. Pues bien, terminé siendo amigo del chiricano y me invitó tres veces a peleas en diferentes lugares de la localidad.
Terminada mi estancia en aquellos parajes, y minutos antes de regresar, llegó mi amigo gallero con una pequeña jaula y un pollo bastante crecido, producto de su corral. “Aquí te traigo este gallito, hijo del mejor gallo que he tenido, para que lo cuidés y ganés mucho dinero”. Con alegría y entusiasmo me traje el polluelo y, en mi finca, lo atendí con esmero hasta que se convirtió en adulto, el más bello ejemplar que había existido nunca. De plumaje tornasol, con una cola que ascendía primero para bajar después esplendorosamente hasta tocar el suelo. Su porte era el de un rey, el rey de los gallos. Y así en su total comportamiento.
Un día llegó Chacón, gallero profesional de San Isidro y, al verlo, exclamó: “¿De quién es este gallo?” –Mío, le contesté. –Es el gallo más lindo que he visto en mi larga vida de gallero. Se lo compro, cuánto vale. –No, le respondí, no lo vendo, y de inmediato le conté la historia. Lo que más le entusiasmó fue cuando se enteró de su origen, hijo del mejor gallo del criador chiricano a quien, desde luego, conocía. Entonces terminó proponiéndome un negocio: “yo vendré aquí, una vez por semana a entrenarlo y, cuando esté listo, lo llevamos a San Isidro y allí lo jugamos. El dinero que obtengamos lo compartiremos a medias”. Acepté con entusiasmo sin pensar, ni por un momento, en que podríamos perder.
Hasta que un día apareció Chacón con una gran jaula. “¡Todo está listo!, gritó; mañana, a las tres de la tarde, será la pelea. El triunfo está seguro porque el único que se ha atrevido a competir es Jeremías, que tiene un gallo-gallina, y si este gallo nuestro no tiene competidor entre los gallos verdaderos, menos lo tendrá con un gallo-marica. El dinero que hemos ahorrado, en su totalidad, lo he apostado”.
Efectivamente, durante su entrenamiento, yo le di, mensualmente, una suma a Chacón para apostar en la pelea. En total, entre él y yo, ahorramos dos mil colones, que era monto de importancia para la época.
El sábado a las tres de la tarde había trescientas personas en el improvisado redondel, todas apostando. Tres a uno, cuatro a uno, subían las proporciones.
En el momento preciso, en un lado, Jeremías con su gallo-gallina, y en el otro Chacón con mi gallo, el más lindo del mundo, hijo del campeón de Buenos Aires. Y allí estaba nuestro gallo, cabeza erguida, provocando de lejos, orgulloso, de azul violáceo, reluciente a los rayos del sol de la tarde, con gran cola que arrastraba por los suelos, majestuosamente, como un rey con su manto a la hora de su coronación.
Empezó la pelea. Uno, dos, tres, gritó el juez, y los galleros soltaron a los contendientes. El gallo-gallina, era un ejemplar feo, viejo, de colores desteñidos, de porte aburrido, lento al caminar que ni siquiera se dignó mirar a su contendiente, el rey de los gallos. Retadoramente, en el centro del redondel, estaban los dos gallos. El nuestro orgulloso, de aspecto distinguido –mirada feroz–, dio dos primeros pasos, como torero incitando al toro, mientras que el gallo gallina, semiagachado, casi sin mirar, esperaba aparentemente distraído.
De pronto nuestro gallo se levantó, en pequeño vuelo, y se lanzó contra el gallo-gallina y este, sin que nadie lo hubiera imaginado siquiera, con una energía insospechada, saltó dándole fuerte topetón al nuestro que fue levantado unos dos metros. A esa altura se mantuvo por unos pocos segundos, como paralizado en el espacio. Trescientas personas contemplaron la escena con la boca abierta sin poderlo creer y más sorprendidos por lo que sucedió después. Nuestro gallo, de pronto, con sus grandes alas hermosamente coloreadas, su cola inmensa, ahora sin tocar el suelo, alzó el vuelo, y, como la más bella de las águilas, se elevó, se elevó, perdiéndose en el horizonte majestuosamente como si fuera un espíritu superior.
De inmediato, todos salimos presurosos a buscarlo, sorprendidos por lo que habíamos contemplado, un acontecimiento sin precedentes en esta clase de lides. Aquel gallo simplemente se fugó, posiblemente para defender, en otra dimensión, el honor de los gallos de pelea, sobre todo el de los chiricanos. Cercano, había un bosque pequeño, a un lado, grandes charrales, y por otro, laderas precipitadas hacia el río. Uno, dos días buscando. Nunca apareció.
Luego, me marché para mi finca en la montaña y Chacón huyó hacia Dominical donde estuvo perdido durante dos meses.
Antes de marcharse, me dijo que lo tomáramos con calma que, como recompensa, él tendría un buen cuento para entretener a sus amigos. Solamente, comentó, nadie me lo va a creer.
Y como esta historia yo no la había contado antes, pienso, igual que Chacón, que tampoco nadie me la va a creer ahora. Pero es cierta, porque estuve allá en Buenos Aires con los indios, y con la familia de chiricanos, y con su jefe, criador de gallos de pelea que me regaló el pollo, hijo del campeón de los gallos y, porque Chacón, entrenador profesional de gallos de pelea, lo entrenó, con dedicación y esmero, y, finalmente, porque trescientos isidreños lo vieron volar y desaparecer. Todos ellos son testigos.
Pero es difícil probar lo afirmado, los que estuvieron presentes aquella tarde han muerto. Solo he quedado yo para contarlo. Y ahora –no lo había pensado antes– creo que el gallo voló para Buenos Aires, añorando la bella finca de los chiricanos, la planicie que desemboca suavemente en el más fresco de los ríos. Y, además, es posible que aquel hermoso gallo, con su plumaje tornasol y su larga cola resplandeciente al sol de una tarde de verano en San Isidro, esté vivo todavía. Un gallo que anuncia la aurora, cantando todos los días, como diciendo: “Yo soy el gallo de reluciente plumaje, el que defiende a sus hermanos, a sus hijos, a sus padres. El representante de su alado pueblo que se burló de los humanos. El que da el ejemplo. El que no morirá jamás. El rey”.